EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POST-SINODAL
CHRISTIFIDELES LAICI
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
SOBRE VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
http://magisteriolegitimo.blogspot.mx
POST-SINODAL
CHRISTIFIDELES LAICI
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
SOBRE VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
http://magisteriolegitimo.blogspot.mx
CAPÍTULO II
SARMIENTOS TODOS DE LA ÚNICA VID
La participación de los fieles laicos en la vida de la Iglesia-Comunión
La participación de los fieles laicos en la vida de la Iglesia-Comunión
El misterio de la Iglesia-Comunión
18. Oigamos de nuevo las palabras de Jesús: «Yo soy la vid verdadera, y
mi Padre es el viñador (...). Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn 15, 1-4).
Con estas sencillas palabras nos es revelada la misteriosa comunión que
vincula en unidad al Señor con los discípulos, a Cristo con los bautizados; una
comunión viva y vivificante, por la cual los cristianos ya no se pertenecen a
sí mismos, sino que son propiedad de Cristo, como los sarmientos unidos a la
vid.
La comunión de los cristianos con Jesús tiene como modelo, fuente y meta
la misma comunión del Hijo con el Padre en el don del Espíritu Santo: los
cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el vínculo amoroso del
Espíritu.
Jesús continúa: «Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos» (Jn 15, 5). La comunión de los cristianos
entre sí nace de su comunión con Cristo: todos somos sarmientos de la única
Vid, que es Cristo. El Señor Jesús nos indica que esta comunión fraterna es el
reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la vida íntima de amor del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por ella Jesús pide: «Que todos sean uno.
Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para
que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
Esta comunión es el mismo misterio de la Iglesia, como lo recuerda el Concilio Vaticano II, con la célebre expresión de
San Cipriano: «La Iglesia universal se presenta como "un pueblo congregado
en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"»[52]. Al inicio de la celebración
eucarística, cuando el sacerdote nos acoge con el saludo del apóstol Pablo: «La
gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del
Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2 Co 13, 13), se nos recuerda habitualmente este misterio de la
Iglesia-Comunión.
Después de haber delineado la «figura» de los fieles laicos en el marco
de la dignidad que les es propia, debemos reflexionar ahora sobre su misión y
responsabilidad en la Iglesia y en el mundo. Sin embargo, sólo podremos
comprenderlas adecuadamente si nos situamos en el contexto vivo de la
Iglesia-Comunión.
El Concilio y la eclesiología de comunión
19. Es ésta la idea central que, en el Concilio Vaticano II, la Iglesia
ha vuelto a proponer de sí misma. Nos lo ha recordado el Sínodo extraordinario
de 1985, celebrado a los veinte años del evento conciliar: «La eclesiología de
comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio. La koinonia-comunión, fundada en la Sagrada Escritura, ha sido muy apreciada en la
Iglesia antigua, y en las Iglesias orientales hasta nuestros días. Por esto el
Concilio Vaticano II ha realizado un gran esfuerzo para que la Iglesia en
cuanto comunión fuese comprendida con mayor claridad y concretamente traducida
en la vida práctica. ¿Qué significa la compleja palabra "comunión"?
Se trata fundamentalmente de la comunión con Dios por medio de Jesucristo, en
el Espíritu Santo. Esta comunión tiene lugar en la palabra de Dios y en los
sacramentos. El Bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión en la
Iglesia. La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana (cf. Lumen
gentium, 11). La comunión del
cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir edifica, la íntima
comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf. 1 Co 10, 16 s.)»[53].
Poco después del Concilio, Pablo VI se dirigía a los fieles con estas
palabras: «La Iglesia es una comunión. ¿Qué quiere decir en este caso comunión?
Nos os remitimos al parágrafo del catecismo que habla sobre la sanctorum communionem, la comunión de los
santos. Iglesia quiere decir comunión de los santos. Y comunión de los santos
quiere decir una doble participación vital: la incorporación de los cristianos
a la vida de Cristo, y la circulación de una idéntica caridad en todos los
fieles, en este y en el otro mundo. Unión a Cristo y en Cristo; y unión entre
los cristianos dentro la Iglesia»[54].
Las imágenes bíblicas con las que el Concilio ha querido introducirnos
en la contemplación del misterio de la Iglesia, iluminan la realidad de la
Iglesia-Comunión en su inseparable dimensión de comunión de los cristianos con
Cristo, y de comunión de los cristianos entre sí. Son las imágenes del ovil, de
la grey, de la vid, del edificio espiritual, de la ciudad santa[55]. Sobre todo es la imagen del cuerpo tal y como la
presenta el apóstol Pablo, cuya doctrina reverbera fresca y atrayente en
numerosas páginas del Concilio[56]. Éste, a su vez, inicia considerando la
entera historia de la salvación, y vuelve a presentar la Iglesia como Pueblo de Dios: «Ha querido Dios santificar y salvar a los hombres
no individualmente y sin ninguna relación entre ellos, sino constituyendo con
ellos un pueblo que lo reconociese en la verdad y le sirviera santamente»[57]. Ya en sus primeras líneas, la
constitución Lumen
gentiumcompendia maravillosamente esta doctrina diciendo: «La Iglesia es en
Cristo como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la íntima unión del
hombre con Dios y de la unidad de todo el género humano»[58].
La realidad de la Iglesia-Comunión es entonces parte integrante, más aún, representa el contenido central del «misterio» o sea del designio divino de salvación de la humanidad. Por esto la
comunión eclesial no puede ser captada adecuadamente cuando se la entiende como
una simple realidad sociológica y psicológica. La Iglesia-Comunión es el pueblo
«nuevo», el pueblo «mesiánico», el pueblo que «tiene a Cristo por Cabeza (...)
como condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios (...) por ley el
nuevo precepto de amar como el mismo Cristo nos ha amado (...) por fin el Reino
de Dios (...) (y es) constituido por Cristo en comunión de vida, de caridad y
de verdad»[59]. Los vínculos que unen a los miembros
del nuevo Pueblo entre sí —y antes aún, con Cristo— no son aquellos de la
«carne» y de la «sangre», sino aquellos del espíritu; más precisamente,
aquellos del Espíritu Santo, que reciben todos los bautizados (cf. Jl 3, 1).
En efecto, aquel Espíritu que desde la eternidad abraza la única e
indivisa Trinidad, aquel Espíritu que «en la plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4) unió
indisolublemente la carne humana al Hijo de Dios, aquel mismo e idéntico
Espíritu es, a lo largo de todas las generaciones cristianas, el inagotable
manantial del que brota sin cesar la comunión en la Iglesia y de la Iglesia.
Una comunión orgánica: diversidad y complementariedad
20. La comunión eclesial se configura, más precisamente, como comunión
«orgánica», análoga a la de un cuerpo vivo y operante. En efecto, está
caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de las vocaciones y
condiciones de vida, de los ministerios, de los carismas y de las
responsabilidades. Gracias a esta diversidad y complementariedad, cada fiel
laico se encuentra en relación con todo el cuerpo y le ofrece su propia aportación.
El apóstol Pablo insiste particularmente en la comunión orgánica del
Cuerpo místico de Cristo. Podemos escuchar de nuevo sus ricas enseñanzas en la
síntesis trazada por el Concilio. Jesucristo —leemos en la constitución Lumen
gentium— «comunicando su Espíritu, constituye místicamente como cuerpo suyo a
sus hermanos, llamados de entre todas las gentes. En ese cuerpo, la vida de
Cristo se derrama en los creyentes (...). Como todos los miembros del cuerpo
humano, aunque numerosos, forman un solo cuerpo, así también los fieles en
Cristo (cf. 1 Co 12, 12). También en la edificación del cuerpo de Cristo vige la
diversidad de miembros y funciones. Uno es el Espíritu que, para la utilidad de
la Iglesia, distribuye sus múltiples dones con magnificencia proporcionada a su
riqueza y a las necesidades de los servicios (cf. 1 Co 12, 1-11). Entre estos dones ocupa el
primer puesto la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo Espíritu
somete incluso los carismáticos (cf. 1 Co 14). Y es también el mismo Espíritu que, con su fuerza y mediante la
íntima conexión de los miembros, produce y estimula la caridad entre todos los
fieles. Y por tanto, si un miembro sufre, sufren con él todos los demás
miembros; si a un miembro lo honoran, de ello se gozan con él todos los demás
miembros (cf. 1 Co 12, 26)»[60].
Es siempre el único e idéntico Espíritu el
principio dinámico de la variedad y de la unidad en la Iglesia y de la Iglesia. Leemos nuevamente en la constitución Lumen
gentium: «Para que nos renovásemos continuamente en Él (Cristo) (cf. Ef 4, 23), nos ha dado su Espíritu, el
cual, único e idéntico en la Cabeza y en los miembros, da vida, unidad y
movimiento a todo el cuerpo, de manera que los santos Padres pudieron paragonar
su función con la que ejerce el principio vital, es decir el alma, en el cuerpo
humano»[61]. En otro texto, particularmente denso y
valioso para captar la «organicidad» propia de la comunión eclesial, también en
su aspecto de crecimiento incesante hacia la comunión perfecta, el Concilio
escribe: «El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles
como en un templo (cf. 1 Co 3, 16; 6, 19), y en ellos ora y da testimonio de la adopción filial (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15-16. 26). Él guía la Iglesia hacia
la completa verdad (cf .Jn 16, 13 ), la unifica
en la comunión y en el servicio, la instruye y dirige con diversos dones
jerárquicos y carismáticos, la embellece con sus frutos (cf.Ef 4, 11-12; 1 Co 12, 4; Ga 5, 22). Hace rejuvenecer la Iglesia con la fuerza del Evangelio, la
renueva constantemente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo. Porque
el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡"Ven"! (cf. Ap 22, 17)»[62].
La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud y, al mismo
tiempo, a vivir con profundo sentido de responsabilidad. El modo concreto de
actuarlo es a través de la participación en la vida y misión de la Iglesia, a
cuyo servicio los fieles laicos contribuyen con sus diversas y complementarias
funciones y carismas.
El fiel laico «no puede jamás cerrarse sobre sí mismo, aislándose
espiritualmente de la comunidad; sino que debe vivir en un continuo intercambio
con los demás, con un vivo sentido de fraternidad, en el gozo de una igual
dignidad y en el empeño por hacer fructificar, junto con los demás, el inmenso
tesoro recibido en herencia. El Espíritu del Señor le confiere, como también a
los demás, múltiples carismas; le invita a tomar parte en diferentes
ministerios y encargos; le recuerda, como también recuerda a los otros en
relación con él, que todo aquello que le distingue no significa una mayor dignidad, sino una especial y complementaria
habilitación al servicio (...). De esta manera, los
carismas, los ministerios, los encargos y los servicios del fiel laico existen
en la comunión y para la comunión. Son riquezas que se complementan entre sí en
favor de todos, bajo la guía prudente de los Pastores»[63].
Los ministerios y los carismas, dones del Espíritu a la Iglesia
21. El Concilio Vaticano II presenta los ministerios y los carismas como
dones del Espíritu Santo para la edificación del Cuerpo de Cristo y para el
cumplimiento de su misión salvadora en el mundo[64]. La Iglesia, en efecto, es dirigida y
guiada por el Espíritu, que generosamente distribuye diversos dones jerárquicos
y carismáticos entre todos los bautizados, llamándolos a ser —cada uno a su
modo— activos y corresponsables.
Consideremos ahora los ministerios y los carismas con directa referencia
a los fieles laicos y a su participación en la vida de la Iglesia-Comunión.
Los ministerios, oficios y funciones
Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia, si bien con modalidades
diversas, son todos una participación en el ministerio de Jesucristo, el Buen
Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11), el siervo humilde y totalmente sacrificado por la salvación de
todos (cf. Mc 10, 45). Pablo es completamente claro al hablar de la constitución
ministerial de las Iglesias apostólicas. En la Primera Carta a los Corintios
escribe: «A algunos Dios los ha puesto en la Iglesia, en primer lugar como
apóstoles, en segundo lugar como profetas, en tercer lugar como maestros (...)»
(1 Co 12, 28). En la Carta a los Efesios
leemos: «A cada uno de nosotros nos ha sido dada la gracia según la medida del
don de Cristo (...). Es él quien, por una parte, ha dado a los apóstoles, por
otra, a los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros, para hacer
idóneos los hermanos para la realización del ministerio, con el fin de edificar
el cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, según la medida
que corresponde a la plena madurez de Cristo» (Ef4, 7.11-13; cf. Rm 12, 4-8). Como resulta de estos y de otros textos del Nuevo Testamento,
son múltiples y diversos los ministerios, como también los dones y las tareas
eclesiales.
Los ministerios que derivan del Orden
22. En la Iglesia encontramos, en primer lugar, los ministerios ordenados; es decir, los
ministerios que derivan del sacramento del Orden. En efecto, el Señor Jesús escogió y constituyó los Apóstoles —germen del
Pueblo de la nueva Alianza y origen de la sagrada Jerarquía[65]— con el mandato de convertir en
discípulos todas las naciones (cf. Mt 28, 19), de formar y de regir el pueblo sacerdotal. La misión de los
Apóstoles, que el Señor Jesús continúa confiando a los pastores de su pueblo,
es un verdadero servicio, llamado significativamente «diakonia» en la Sagrada Escritura; esto es, servicio, ministerio. Los ministros
—en la ininterrumpida sucesión apostólica— reciben de Cristo Resucitado el
carisma del Espíritu Santo, mediante el sacramento del Orden; reciben así la
autoridad y el poder sacro para servir a la Iglesia «in persona Christi capitis» (personificando a
Cristo Cabeza)[66], y para congregarla en el Espíritu Santo
por medio del Evangelio y de los Sacramentos.
Los ministerios ordenados —antes que para las personas que los reciben—
son una gracia para la Iglesia entera. Expresan y llevan a cabo una
participación en el sacerdocio de Jesucristo que es distinta, non sólo por
grado sino por esencia, de la participación otorgada con el Bautismo y con la
Confirmación a todos los fieles. Por otra parte, el sacerdocio ministerial,
como ha recordado el Concilio Vaticano II, está esencialmente finalizado al
sacerdocio real de todos los fieles y a éste ordenado[67].
Por esto, para asegurar y acrecentar la comunión en la Iglesia, y
concretamente en el ámbito de los distintos y complementarios ministerios, los
pastores deben reconocer que su ministerio está radicalmente ordenado al
servicio de todo el Pueblo de Dios (cf. Hb 5, 1); y los fieles laicos han de reconocer, a su vez, que el sacerdocio
ministerial es enteramente necesario para su vida y para su participación en la
misión de la Iglesia[68].
Ministerios, oficios y funciones de los laicos
23. La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo no
sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino también por
todos los fieles laicos. En efecto, éstos, en virtud de su condición bautismal
y de su específica vocación, participan en el oficio sacerdotal, profético y
real de Jesucristo, cada uno en su propia medida.
Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los ministerios,
oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de ellos, además en el Matrimonio.
Después, cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exija, los
pastores —según las normas establecidas por el derecho universal— pueden
confiar a los fieles laicos algunas tareas que, si bien están conectadas a su
propio ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el carácter del Orden.
El Código
de Derecho Canónico escribe: «Donde lo aconseje la
necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque
no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir,
ejercitar el ministerio de la palabra, presidir oraciones litúrgicas,
administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del
derecho»[69]. Sin embargo, el ejercicio de estas tareas no hace del fiel laico un pastor. En realidad, no es
la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación sacramental. Sólo
el sacramento del Orden atribuye al ministerio ordenado una peculiar
participación en el oficio de Cristo Cabeza y Pastor y en su sacerdocio eterno[70]. La tarea realizada en calidad de
suplente tiene su legitimación —formal e inmediatamente— en el encargo oficial
hecho por los pastores, y depende, en su concreto ejercicio, de la dirección de
la autoridad eclesiástica [71].
La reciente Asamblea sinodal ha trazado un amplio y significativo
panorama de la situación eclesial acerca de los ministerios, los oficios y las
funciones de los bautizados. Los Padres han apreciado vivamente la aportación
apostólica de los fieles laicos, hombres y mujeres, en favor de la
evangelización, de la santificación y de la animación cristiana de las realidades
temporales, como también su generosa disponibilidad a la suplencia en
situaciones de emergencia y de necesidad crónica[72].
Como consecuencia de la renovación litúrgica promovida por el Concilio,
los mismos fieles laicos han tomado una más viva conciencia de las tareas que
les corresponden en la asamblea litúrgica y en su preparación, y se han manifestado
ampliamente dispuestos a desempeñarlas. En efecto, la celebración litúrgica es
una acción sacra no sólo del clero, sino de toda la asamblea. Por tanto, es
natural que las tareas no propias de los ministros ordenados sean desempeñadas
por los fieles laicos[73]. Después, ha sido espontáneo el paso de
una efectiva implicación de los fieles laicos en la acción litúrgica a aquélla
en el anuncio de la Palabra de Dios y en la cura pastoral[74].
En la misma Asamblea sinodal no han faltado, sin embargo, junto a los
positivos, otros juicios críticos sobre el uso indiscriminado del término
«ministerio», la confusión y tal vez la igualación entre el sacerdocio común y
el sacerdocio ministerial, la escasa observancia de ciertas leyes y normas
eclesiásticas, la interpretación arbitraria del concepto de «suplencia», la
tendencia a la «clericalización» de los fieles laicos y el riesgo de crear de
hecho una estructura eclesial de servicio paralela a la fundada en el
sacramento del Orden.
Precisamente para superar estos peligros, los Padres sinodales han
insistido en la necesidad de que se expresen con claridad —sirviéndose también
de una terminología más precisa—[75], tanto la unidad de misión de la Iglesia, en la
que participan todos los bautizados, como la sustancial diversidad del ministerio de los pastores, que
tiene su raíz en el sacramento del Orden, respecto de los otros ministerios,
oficios y funciones eclesiales, que tienen su raíz en los sacramentos del
Bautismo y de la Confirmación.
Es necesario pues, en primer lugar, que los pastores, al reconocer y al
conferir a los fieles laicos los varios ministerios, oficios y funciones,
pongan el máximo cuidado en instruirles acerca de la raíz bautismal de estas
tareas. Es necesario también que los pastores estén vigilantes para que se evite
un fácil y abusivo recurso a presuntas «situaciones de emergencia» o de
«necesaria suplencia», allí donde no se dan objetivamente o donde es posible
remediarlo con una programación pastoral más racional.
Los diversos ministerios, oficios y funciones que los fieles laicos
pueden desempeñar legítimamente en la liturgia, en la transmisión de la fe y en
las estructuras pastorales de la Iglesia, deberán ser ejercitados en conformidad con su específica vocación laical, distinta de aquélla de los sagrados ministros. En este sentido, la
exhortación Evangelii
nuntiandi, que tanta y tan
beneficiosa parte ha tenido en el estimular la diversificada colaboración de
los fieles laicos en la vida y en la misión evangelizadora de la Iglesia,
recuerda que «el campo propio de su actividad evangelizadora es el dilatado y
complejo mundo de la política, de la realidad social, de la economía; así como
también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida
internacional, de los órganos de comunicación social; y también de otras
realidades particularmente abiertas a la evangelización, como el amor, la
familia, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo
profesional, el sufrimiento. Cuantos más laicos haya compenetrados con el
espíritu evangélico, responsables de estas realidades y explícitamente
comprometidos en ellas, competentes en su promoción y conscientes de tener que
desarrollar toda su capacidad cristiana, a menudo ocultada y sofocada, tanto
más se encontrarán estas realidades al servicio del Reino de Dios —y por tanto
de la salvación en Jesucristo—, sin perder ni sacrificar nada de su coeficiente
humano, sino manifestando una dimensión trascendente a menudo desconocida»[76].
Durante los trabajos del Sínodo, los Padres han prestado no poca
atención al Lectorado y alAcolitado. Mientras en el pasado
existían en la Iglesia Latina sólo como etapas espirituales del itinerario
hacia los ministerios ordenados, con el Motu proprio de Pablo VI Ministeria
quaedam (15 Agosto 1972) han recibido una
autonomía y estabilidad propias, como también una posible destinación a los
mismos fieles laicos, si bien sólo a los varones. En el mismo sentido se ha
expresado el nuevo Código de Derecho Canónico[77]. Los Padres sinodales han manifestado
ahora el deseo de que «el Motu proprio "Ministeria
quaedam" sea revisado, teniendo en cuenta el uso de las Iglesias locales e
indicando, sobre todo, los criterios según los cuales han de ser elegidos los
destinatarios de cada ministerio»[78].
A tal fin ha sido constituida expresamente una Comisión, no sólo para
responder a este deseo manifestado por los Padres sinodales, sino también, y
sobre todo, para estudiar en profundidad los diversos problemas teológicos,
litúrgicos, jurídicos y pastorales surgidos a partir del gran florecimiento
actual de los ministerios confiados a los fieles laicos.
Para que la praxis eclesial de estos ministerios confiados a los fieles
laicos resulte ordenada y fructuosa, en tanto la Comisión concluye su estudio,
deberán ser fielmente respetados por todas las Iglesias particulares los
principios teológicos arriba recordados, en particular la diferencia esencial
entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común y, por consiguiente, la
diferencia entre los ministerios derivantes del Orden y los ministerios que
derivan de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.
Los carismas
24. El Espíritu Santo no sólo confía diversos ministerios a la
Iglesia-Comunión, sino que también la enriquece con otros dones e impulsos
particulares, llamados carismas. Estos pueden asumir las más diversas formas, sea en cuanto expresiones
de la absoluta libertad del Espíritu que los dona, sea como respuesta a las
múltiples exigencias de la historia de la Iglesia. La descripción y
clasificación que los textos neotestamentarios hacen de estos dones, es una
muestra de su gran variedad: «A cada cual se le otorga la manifestación del
Espíritu para la utilidad común. Porque a uno le es dada por el Espíritu
palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia por medio del mismo Espíritu;
a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carisma de curaciones, en el único
Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, el don de profecía; a otro, el don
de discernir los espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, finalmente,
el don de interpretarlas» (1 Co 12, 7-10; cf. 1 Co 12, 4-6.28-31; Rm 12, 6-8; 1 P 4, 10-11).
Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o indirectamente, una utilidad
eclesial, ya que están ordenados
a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del
mundo.
Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de diversos carismas
entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se conceden a la
persona concreta; pero pueden ser participados también por otros y, de este
modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia, que genera una
particular afinidad espiritual entre las personas. Refiriéndose precisamente al
apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II escribe: «Para el ejercicio
de este apostolado el Espíritu Santo, que obra la santificación del Pueblo de
Dios por medio del ministerio y de los sacramentos, otorga también a los fieles
dones particulares (cf. 1 Co 12, 7), "distribuyendo a cada uno según quiere" (cf. 1 Co 12, 11), para que "poniendo cada
uno la gracia recibida al servicio de los demás", contribuyan también
ellos "como buenos dispensadores de la multiforme gracia recibida de
Dios" (1 P 4, 10), a la edificación de todo el
cuerpo en la caridad (cf. Ef 4,16)»[79].
Los dones del Espíritu Santo exigen —según la lógica de la originaria
donación de la que proceden— que cuantos los han recibido, los ejerzan para el
crecimiento de toda la Iglesia, como lo recuerda el Concilio[80].
Los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de quien los recibe, como por parte de todos en la
Iglesia. Son, en efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad
apostólica y para la santidad del entero Cuerpo de Cristo, con tal que sean
dones que verdaderamente provengan del Espíritu, y sean ejercidos en plena
conformidad con los auténticos impulsos del Espíritu. En este sentido siempre
es necesario el discernimiento de los carismas. En realidad, como han dicho los Padres sinodales, «la acción del
Espíritu Santo, que sopla donde quiere, no siempre es fácil de reconocer y de
acoger. Sabemos que Dios actúa en todos los fieles cristianos y somos
conscientes de los beneficios que provienen de los carismas, tanto para los
individuos como para toda la comunidad cristiana. Sin embargo, somos también
conscientes de la potencia del pecado y de sus esfuerzos tendientes a turbar y
confundir la vida de los fieles y de la comunidad»[81].
Por tanto, ningún carisma dispensa de la relación y sumisión a los Pastores de la Iglesia. El Concilio dice
claramente: «El juicio sobre su autenticidad (de los carismas) y sobre su
ordenado ejercicio pertenece a aquellos que presiden en la Iglesia, a quienes
especialmente corresponde no extinguir el Espíritu, sino examinarlo todo y
retener lo que es bueno (cf. 1 Ts5, 12.19-21)»[82], con el fin de que todos los carismas
cooperen, en su diversidad y complementariedad, al bien común[83].
La participación de los fieles laicos en la vida de la Iglesia
25. Los fieles laicos participan en la vida de la Iglesia no sólo
llevando a cabo sus funciones y ejercitando sus carismas, sino también de otros
muchos modos.
Tal participación encuentra su primera y necesaria expresión en la vida
y misión de lasIglesias particulares, de las diócesis, en las que «verdaderamente está presente y actúa la
Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica»[84].
Iglesias particulares e Iglesia universal
Para poder participar adecuadamente en la vida eclesial es del todo
urgente que los fieles laicos posean una visión clara y precisa de la Iglesia particular en su relación originaria con la Iglesia
universal. La Iglesia particular
no nace a partir de una especie de fragmentación de la Iglesia universal, ni la
Iglesia universal se constituye con la simple agregación de las Iglesias
particulares; sino que hay un vínculo vivo, esencial y constante que las une
entre sí, en cuanto que la Iglesia universal existe y se manifiesta en las
Iglesias particulares. Por esto dice el Concilio que las Iglesias particulares
están «formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales y a partir de
las cuales existe una sola y única Iglesia católica»[85].
El mismo Concilio anima a los fieles laicos para que vivan activamente
su pertenencia a la Iglesia particular, asumiendo al mismo tiempo una amplitud
de miras cada vez más «católica». «Cultiven constantemente —leemos en el
Decreto sobre el apostolado de los laicos— el sentido de la diócesis, de la
cual es la parroquia como una célula, siempre dispuestos, cuando sean invitados
por su Pastor, a unir sus propias fuerzas a las iniciativas diocesanas. Es más,
para responder a las necesidades de la ciudad y de las zonas rurales, no deben
limitar su cooperación a los confines de la parroquia o de la diócesis, sino
que han de procurar ampliarla al ámbito interparroquial, interdiocesano,
nacional o internacional; tanto más cuando los crecientes desplazamientos
demográficos, el desarrollo de las mutuas relaciones y la facilidad de las
comunicaciones no consienten ya a ningún sector de la sociedad permanecer
cerrado en sí mismo. Tengan así presente las necesidades del Pueblo de Dios
esparcido por toda la tierra»[86].
En este sentido, el reciente Sínodo ha solicitado que se favorezca la
creación de los Consejos Pastorales diocesanos, a los que se pueda recurrir según las ocasiones. Ellos son la principal
forma de colaboración y de diálogo, como también de discernimiento, a nivel
diocesano. La participación de los fieles laicos en estos Consejos podrá
ampliar el recurso a la consultación, y hará que el principio de colaboración
—que en determinados casos es también de decisión— sea aplicado de un modo más
fuerte y extenso[87].
Está prevista en el Código
de Derecho Canónico la participación de los fieles laicos
en losSínodos diocesanos y en los Concilios particulares, provinciales o
plenarios[88]. Esta participación podrá contribuir a
la comunión y misión eclesial de la Iglesia particular, tanto en su ámbito
propio, como en relación con las demás Iglesias particulares de la provincia
eclesiástica o de la Conferencia Episcopal.
Las Conferencias Episcopales quedan invitadas a estudiar el modo más
oportuno de desarrollar, a nivel nacional o regional, la consultación y
colaboración de los fieles laicos, hombres y mujeres. Así, los problemas
comunes podrán ser bien sopesados y se manifestará mejor la comunión eclesial
de todos[89].
La parroquia
26. La comunión eclesial, aún conservando siempre su dimensión
universal, encuentra su expresión más visible e inmediata en la parroquia. Ella es la última
localización de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas[90].
Es necesario que todos volvamos a descubrir, por la fe, el verdadero
rostro de la parroquia; o sea, el «misterio» mismo de la Iglesia presente y
operante en ella. Aunque a veces le falten las personas y los medios
necesarios, aunque otras veces se encuentre desperdigada en dilatados
territorios o casi perdida en medio de populosos y caóticos barrios modernos,
la parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio;
ella es «la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de
unidad»[91], es «una casa de familia, fraterna y
acogedora»[92], es la «comunidad de los fieles»[93]. En definitiva, la parroquia está
fundada sobre una realidad teológica, porque ella es una comunidad eucarística[94]. Esto significa que
es una comunidad idónea para celebrar la Eucaristía, en la que se encuentran la
raíz viva de su edificación y el vínculo sacramental de su existir en plena
comunión con toda la Iglesia. Tal idoneidad radica en el hecho de ser la
parroquia una comunidad de fe y una comunidad orgánica, es decir, constituida por los ministros ordenados y por los demás
cristianos, en la que el párroco —que representa al Obispo diocesano[95]— es el vínculo jerárquico con toda la
Iglesia particular.
Ciertamente es inmensa la tarea que ha de realizar la Iglesia en
nuestros días; y para llevarla a cabo no basta la parroquia sola. Por esto, el
Código de Derecho Canónico prevé formas de colaboración entre parroquias en el
ámbito del territorio[96] y recomienda al Obispo el cuidado
pastoral de todas las categorías de fieles, también de aquéllas a las que no
llega la cura pastoral ordinaria[97]. En efecto, son necesarios muchos
lugares y formas de presencia y de acción, para poder llevar la palabra y la
gracia del Evangelio a las múltiples y variadas condiciones de vida de los
hombres de hoy. Igualmente, otras muchas funciones de irradiación religiosa y
de apostolado de ambiente en el campo cultural, social, educativo, profesional,
etc., no pueden tener como centro o punto de partida la parroquia. Y sin
embargo, también en nuestros días la parroquia está conociendo una época nueva
y prometedora. Como decía Pablo VI, al inicio de su pontificado, dirigiéndose
al Clero romano: «Creemos simplemente que la antigua y venerada estructura de
la Parroquia tiene una misión indispensable y de gran actualidad; a ella
corresponde crear la primera comunidad del pueblo cristiano; iniciar y
congregar al pueblo en la normal expresión de la vida litúrgica; conservar y
reavivar la fe en la gente de hoy; suministrarle la doctrina salvadora de
Cristo; practicar en el sentimiento y en las obras la caridad sencilla de las
obras buenas y fraternas»[98].
Por su parte, los Padres sinodales han considerado atentamente la
situación actual de muchas parroquias, solicitando una decidida renovación de las mismas:
«Muchas parroquias, sea en regiones urbanas, sea en tierras de misión, no
pueden funcionar con plenitud efectiva debido a la falta de medios materiales o
de ministros ordenados, o también a causa de la excesiva extensión geográfica y
por la condición especial de algunos cristianos (como, por ejemplo, los
exiliados y los emigrantes). Para que todas estas parroquias sean
verdaderamente comunidades cristianas, las autoridades locales deben favorecer: a) la adaptación de las estructuras parroquiales con la amplia
flexibilidad que concede el Derecho Canónico, sobre todo promoviendo la
participación de los laicos en las responsabilidades pastorales; b) las pequeñas comunidades eclesiales de base, también llamadas
comunidades vivas, donde los fieles pueden comunicarse mutuamente la Palabra de
Dios y manifestarse en el recíproco servicio y en el amor; estas comunidades
son verdaderas expresiones de la comunión eclesial y centros de evangelización,
en comunión con sus Pastores»[99]. Para la renovación de las parroquias y
para asegurar mejor su eficacia operativa, también se deben favorecer formas institucionales
de cooperación entre las diversas parroquias de un mismo territorio.
El compromiso apostólico en la parroquia
27. Ahora es necesario considerar más de cerca la comunión y la
participación de los fieles laicos en la vida de la parroquia. En este sentido,
se debe llamar la atención de todos los fieles laicos, hombres y mujeres, sobre
una expresión muy cierta, significativa y estimulante del Concilio: «Dentro de
las comunidades de la Iglesia —leemos en el Decreto sobre el apostolado de los
laicos— su acción es tan necesaria, que sin ella, el mismo apostolado de los
Pastores no podría alcanzar, la mayor parte de las veces, su plena eficacia»[100]. Esta afirmación radical se debe
entender, evidentemente, a la luz de la «eclesiología de comunión»: siendo
distintos y complementarios, los ministerios y los carismas son necesarios para
el crecimiento de la Iglesia, cada uno según su propia modalidad.
Los fieles laicos deben estar cada vez más convencidos del particular
significado que asume el compromiso apostólico en su parroquia. Es de nuevo el
Concilio quien lo pone de relieve autorizadamente: «La parroquia ofrece un
ejemplo luminoso de apostolado comunitario, fundiendo en la unidad todas las
diferencias humanas que allí se dan e insertándolas en la universalidad de la
Iglesia. Los laicos han de habituarse a trabajar en la parroquia en íntima unión
con sus sacerdotes, a exponer a la comunidad eclesial sus problemas y los del
mundo y las cuestiones que se refieren a la salvación de los hombres, para que
sean examinados y resueltos con la colaboración de todos; a dar, según sus
propias posibilidades, su personal contribución en las iniciativas apostólicas
y misioneras de su propia familia eclesiástica»[101].
La indicación conciliar respecto al examen y solución de los problemas
pastorales «con la colaboración de todos», debe encontrar un desarrollo
adecuado y estructurado en la valorización más convencida, amplia y decidida de
los Consejos pastorales parroquiales, en los que han insistido, con justa razón, los Padres sinodales[102].
En las circunstancias actuales, los fieles laicos pueden y deben prestar
una gran ayuda al crecimiento de una autentica comunión eclesial en sus respectivas
parroquias, y en el dar nueva vida al afán misionero dirigido hacia los no creyentes y hacia los mismos creyentes que han
abandonado o limitado la práctica de la vida cristiana.
Si la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de los
hombres, ella vive y obra entonces profundamente injertada en la sociedad
humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas. A menudo el
contexto social, sobre todo en ciertos países y ambientes, está sacudido
violentamente por fuerzas de disgregación y deshumanización. El hombre se
encuentra perdido y desorientado; pero en su corazón permanece siempre el deseo
de poder experimentar y cultivar unas relaciones más fraternas y humanas. La
respuesta a este deseo puede encontrarse en la parroquia, cuando ésta, con la
participación viva de los fieles laicos, permanece fiel a su originaria
vocación y misión: ser en el mundo el «lugar» de la comunión de los creyentes
y, a la vez, «signo e instrumento» de la común vocación a la comunión; en una
palabra ser la casa abierta a todos y al servicio de todos, o, como prefería
llamarla el Papa Juan XXIII, ser la fuente de la
aldea, a la que todos acuden
para calmar su sed.
Formas de participación en la vida de la Iglesia
28. Los fieles laicos, juntamente con los sacerdotes, religiosos y
religiosas, constituyen el único Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo.
El ser miembros de la Iglesia no suprime el hecho de que cada cristiano
sea un ser «único e irrepetible», sino que garantiza y promueve el sentido más
profundo de su unicidad e irrepetibilidad, en cuanto fuente de variedad y de
riqueza para toda la Iglesia. En tal sentido, Dios llama a cada uno en Cristo
por su nombre propio e inconfundible. El llamamiento del Señor: «Id también
vosotros a mi viña», se dirige a cada uno personalmente; y entonces resuena de
este modo en la conciencia: «¡Ven también tú a mi viña!».
De esta manera cada uno, en su unicidad e irrepetibilidad, con su ser y
con su obrar, se pone al servicio del crecimiento de la comunión eclesial; así
como, por otra parte, recibe personalmente y hace suya la riqueza común de toda
la Iglesia. Ésta es la «Comunión de los Santos» que profesamos en el Credo; el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada
uno se convierte en el bien de todos. «En la Santa Iglesia —escribe San
Gregorio Magno— cada uno sostiene a los demás y los demás le sostienen a él»[103].
Formas personales de participación
Es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una viva conciencia de ser un «miembro de la Iglesia», a quien se le ha confiado una tarea original, insustituible e
indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos. En esta perspectiva
asume todo su significado la afirmación del Concilio sobre la absoluta necesidad del apostolado de cada persona singular: «El apostolado que
cada uno debe realizar, y que fluye con abundancia de la fuente de una vida
auténticamente cristiana (cf. Jn 4, 14), es la forma primordial y la condición de todo el apostolado de
los laicos, incluso del asociado, y nada puede sustituirlo. A este apostolado,
siempre y en todas partes provechoso, y en ciertas circunstancias el único apto
y posible, están llamados y obligados todos los laicos, cualquiera que sea su
condición, aunque no tengan ocasión o posibilidad de colaborar en las
asociaciones»[104].
En el apostolado personal existen grandes riquezas que reclaman ser
descubiertas, en vista de una intensificación del dinamismo misionero de cada
uno de los fieles laicos. A través de esta forma de apostolado, la irradiación
del Evangelio puede hacerse extremadamente capilar,llegando a tantos
lugares y ambientes como son aquéllos ligados a la vida cotidiana y concreta de
los laicos. Se trata, además, de una irradiación constante, pues es inseparable
de la continua coherencia de la vida personal con la fe; y se configura también
como una forma de apostolado particularmente incisiva, ya que al compartir plenamente las condiciones de vida y de trabajo, las
dificultades y esperanzas de sus hermanos, los fieles laicos pueden llegar al
corazón de sus vecinos, amigos o colegas, abriéndolo al horizonte total, al
sentido pleno de la existencia humana: la comunión con Dios y entre los
hombres.
Formas agregativas de participación
29. La comunión eclesial, ya presente y operante en la acción personal
de cada uno, encuentra una manifestación específica en el actuar asociado de
los fieles laicos; es decir, en la acción solidaria que ellos llevan a cabo
participando responsablemente en la vida y misión de la Iglesia.
En estos últimos años, el fenómeno asociativo laical se ha caracterizado
por una particular variedad y vivacidad. La asociación de los fieles siempre ha
representado una línea en cierto modo constante en la historia de la Iglesia,
como lo testifican, hasta nuestros días, las variadas confraternidades, las
terceras órdenes y los diversos sodalicios. Sin embargo, en los tiempos
modernos este fenómeno ha experimentado un singular impulso, y se han visto
nacer y difundirse múltiples formas agregativas: asociaciones, grupos,
comunidades, movimientos. Podemos hablar de una nueva época
asociativa de los fieles laicos.
En efecto, «junto al asociacionismo tradicional, y a veces desde sus mismas
raíces, han germinado movimientos y asociaciones nuevas, con fisonomías y
finalidades específicas. Tanta es la riqueza y versatilidad de los recursos que
el Espíritu alimenta en el tejido eclesial; y tanta es la capacidad de
iniciativa y la generosidad de nuestro laicado»[105].
Estas asociaciones de laicos se presentan a menudo muy diferenciadas unas de otras en
diversos aspectos, como en su configuración externa, en los caminos y métodos
educativos y en los campos operativos. Sin embargo, se puede encontrar una
amplia y profunda convergencia en la finalidad que las anima: la de participar responsablemente en la
misión que tiene la Iglesia de llevar a todos el Evangelio de Cristo como
manantial de esperanza para el hombre y de renovación para la sociedad.
El asociarse de los fieles laicos por razones espirituales y apostólicas
nace de diversas fuentes y responde a variadas exigencias. Expresa,
efectivamente, la naturaleza social de la persona, y obedece a instancias de
una más dilatada e incisiva eficacia operativa. En realidad, la incidencia
«cultural», que es fuente y estímulo, pero también fruto y signo de cualquier
transformación del ambiente y de la sociedad, puede realizarse, no tanto con la
labor de un individuo, cuanto con la de un «sujeto social», o sea, de un grupo,
de una comunidad, de una asociación, de un movimiento. Esto resulta
particularmente cierto en el contexto de una sociedad pluralista y fraccionada
—como es la actual en tantas partes del mundo—, y cuando se está frente a
problemas enormemente complejos y difíciles. Por otra parte, sobre todo en un
mundo secularizado, las diversas formas asociadas pueden representar, para
muchos, una preciosa ayuda para llevar una vida cristiana coherente con las
exigencias del Evangelio y para comprometerse en una acción misionera y
apostólica.
Más allá de estos motivos, la razón profunda que justifica y exige la
asociación de los fieles laicos es de orden teológico, es una razón eclesiológica, como abiertamente reconoce el Concilio Vaticano
II, cuando ve en el apostolado asociado un «signo de la comunión y de la
unidad de la Iglesia en Cristo»[106].
Es un «signo» que debe manifestarse en las relaciones de «comunión»,
tanto dentro como fuera de las diversas formas asociativas, en el contexto más
amplio de la comunidad cristiana. Precisamente la razón eclesiológica indicada
explica, por una parte, el «derecho» de asociación que es propio de los fieles
laicos; y, por otra, la necesidad de unos «criterios» de discernimiento acerca
de la autenticidad eclesial de esas formas de asociarse.
Ante todo debe reconocerse la libertad de
asociación de los fieles laicos en la Iglesia. Tal
libertad es un verdadero y propio derecho que no proviene de una especie de
«concesión» de la autoridad, sino que deriva del Bautismo, en cuanto sacramento
que llama a todos los fieles laicos a participar activamente en la comunión y misión
de la Iglesia. El Concilio es del todo claro a este respecto: «Guardada la
debida relación con la autoridad eclesiástica, los laicos tienen el derecho de
fundar y dirigir asociaciones y de inscribirse en aquellas fundadas»[107]. Y el reciente Código afirma
textualmente: «Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir libremente
asociaciones para fines de caridad o piedad, o para fomentar la vocación
cristiana en el mundo; y también a reunirse para procurar en común esos mismos
fines»[108].
Se trata de una libertad reconocida y garantizada por la autoridad
eclesiástica y que debe ser ejercida siempre y sólo en la comunión de la
Iglesia. En este sentido, el derecho a asociarse de los fieles laicos es algo
esencialmente relativo a la vida de comunión y a la misión de la misma Iglesia.
Criterios de eclesialidad para las asociaciones laicales
30. La necesidad de unos criterios claros y precisos de
discernimiento y reconocimiento de las asociaciones
laicales, también llamados «criterios de eclesialidad», es algo que se
comprende siempre en la perspectiva de la comunión y misión de la Iglesia, y
no, por tanto, en contraste con la libertad de asociación.
Como criterios fundamentales para el discernimiento de todas y cada una
de las asociaciones de fieles laicos en la Iglesia se pueden considerar,
unitariamente, los siguientes:
— El primado que se da a la vocación de
cada cristiano a la santidad, y que se manifiesta
«en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles»[109] como crecimiento
hacia la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en la caridad[110].
En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada una de
ellas, están llamadas a ser —cada vez más— instrumento de santidad en la
Iglesia, favoreciendo y alentando «una unidad más íntima entre la vida práctica
y la fe de sus miembros»[111].
— La responsabilidad de confesar la fe
católica, acogiendo y
proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la obediencia
al Magisterio de la Iglesia, que la interpreta auténticamente. Por esta razón,
cada asociación de fieles laicos debe ser un lugar en el que se anuncia y se
propone la fe, y en el que se educa para practicarla en todo su contenido.
— El testimonio de una
comunión firme y convencida en filial relación
con el Papa, centro perpetuo y visible de unidad en la Iglesia universal[112], y con el Obispo «principio y
fundamento visible de unidad»[113] en la Iglesia
particular, y en la «mutua estima entre todas las formas de apostolado en la
Iglesia»[114].
La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada a expresarse en la
leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones
pastorales. La comunión eclesial exige, además, el reconocimiento de la
legítima pluralidad de las diversas formas asociadas de los fieles laicos en la
Iglesia, y, al mismo tiempo, la disponibilidad a la recíproca colaboración.
— La conformidad y la participación en el
«fin apostólico de la Iglesia», que es «la
evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de su
conciencia, de modo que consigan impregnar con el espíritu evangélico las
diversas comunidades y ambientes»[115].
Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles
laicos, y a cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu misionero que les
lleve a ser, cada vez más, sujetos de una nueva evangelización.
—El comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio
de la dignidad integral del hombre.
En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser
corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear unas condiciones
más justas y fraternas en la sociedad.
Los criterios fundamentales que han sido enumerados, se comprueban en
los frutos concretosque acompañan la vida
y las obras de las diversas formas asociadas; como son el renovado gusto por la
oración, la contemplación, la vida litúrgica y sacramental; el estímulo para
que florezcan vocaciones al matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a
la vida consagrada; la disponibilidad a participar en los programas y
actividades de la Iglesia sea a nivel local, sea a nivel nacional o
internacional; el empeño catequético y la capacidad pedagógica para formar a
los cristianos; el impulsar a una presencia cristiana en los diversos ambientes
de la vida social, y el crear y animar obras caritativas, culturales y
espirituales; el espíritu de desprendimiento y de pobreza evangélica que lleva
a desarrollar una generosa caridad para con todos; la conversión a la vida
cristiana y el retorno a la comunión de los bautizados «alejados».
El servicio de los Pastores a la comunión
31. Los Pastores en la Iglesia no pueden renunciar al servicio de su
autoridad, incluso ante posibles y comprensibles dificultades de algunas formas
asociativas y ante el afianzamiento de otras nuevas, no sólo por el bien de la
Iglesia, sino además por el bien de las mismas asociaciones laicales. Así,
habrán de acompañar la labor de discernimiento con la guía y, sobre todo, con
el estímulo a un crecimiento de las asociaciones de los fieles laicos en la
comunión y misión de la Iglesia.
Es del todo oportuno que algunas nuevas asociaciones y movimientos, por
su difusión nacional e incluso internacional, tengan a bien recibir un reconocimiento oficial, una aprobación
explícita de la autoridad eclesiástica competente. El Concilio ya había
afirmado lo siguiente en este sentido: «El apostolado de los laicos admite
varios tipos de relaciones con la Jerarquía, según las diferentes formas y
objetos de dicho apostolado (...). La Jerarquía reconoce explícitamente, de
distintas maneras, algunas formas de apostolado laical. Puede, además, la
autoridad eclesiástica, por exigencias del bien común de la Iglesia, elegir de
entre las asociaciones y obras apostólicas que tienden inmediatamente a un fin
espiritual, algunas de ellas, y promoverlas de modo peculiar, asumiendo respecto
de ellas una responsabilidad especial»[116].
Entre las diversas formas apostólicas de los laicos que tienen una
particular relación con la Jerarquía, los Padres sinodales han recordado
explícitamente diversos movimientos y asociaciones de Acción Católica, en los cuales «los
laicos se asocian libremente de modo orgánico y estable, bajo el impulso del
Espíritu Santo, en comunión con el Obispo y con los sacerdotes, para poder
servir, con fidelidad y laboriosidad, según el modo que es propio a su vocación
y con un método particular, al incremento de toda la comunidad cristiana, a los
proyectos pastorales y a la animación evangélica de todos los ámbitos de la
vida»[117].
El Pontificio Consejo para los Laicos está encargado de preparar un
elenco de las asociaciones que tienen la aprobación oficial de la Santa Sede, y
de definir, juntamente con el Pontificio Consejo para la Unión de los
Cristianos, las condiciones en base a las cuales puede ser aprobada una
asociación ecuménica con mayoría católica y minoría no católica, estableciendo
también los casos en los que no podrá llegarse a un juicio positivo[118].
Todos, Pastores y fieles, estamos obligados a favorecer y alimentar
continuamente vínculos y relaciones fraternas de estima, cordialidad y
colaboración entre las diversas formas asociativas de los laicos. Solamente así
las riquezas de los dones y carismas que el Señor nos ofrece puede dar su
fecunda y armónica contribución a la edificación de la casa común. «Para
edificar solidariamente la casa común es necesario, además, que sea depuesto
todo espíritu de antagonismo y de contienda y que se compita más bien en la
estimación mutua (cf. Rm 12, 10), en el adelantarse en el recíproco afecto y en la voluntad de
colaborar, con la paciencia, la clarividencia y la disponibilidad al sacrificio
que ésto a veces pueda comportar»[119].
Volvemos una vez más a las palabras de Jesús: «Yo soy la vid, vosotros
los sarmientos» (Jn15, 5), para dar gracias a Dios por el gran don de la comunión
eclesial, reflejo en el tiempo de la eterna e inefable comunión de amor de Dios
Uno y Trino. La conciencia de este don debe ir acompañada de un fuerte sentido de responsabilidad. Es, en efecto, un don
que, como el talento evangélico, exige ser negociado en una vida de creciente
comunión.
Ser responsables del don de la comunión significa, antes que nada, estar
decididos a vencer toda tentación de división y de contraposición que insidie
la vida y el empeño apostólico de los cristianos. El lamento de dolor y de
desconcierto del apóstol Pablo: «Me refiero a que cada uno de vosotros dice:
¡"Yo soy de Pablo", "yo en cambio de Apolo", "yo de Cefas",
"yo de Cristo"! ¿Está acaso dividido Cristo?» (1 Co 1, 12-13), continúa oyéndose hoy como reproche por las «laceraciones al
Cuerpo de Cristo». Resuenen, en cambio, como persuasiva llamada, estas otras
palabras del apóstol: «Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor
Jesucristo, a que tengáis todos un mismo sentir, y no haya entre vosotros
disensiones; antes bien, viváis bien unidos en un mismo pensar y en un mismo
sentir» (1 Co 1, 10).
La vida de comunión eclesial será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce
a creer en Cristo: «Como tú Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno
en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma
misión.
(CONTINÚA EN EL CAP.III)