EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POST-SINODAL
CHRISTIFIDELES LAICI
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
SOBRE VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
POST-SINODAL
CHRISTIFIDELES LAICI
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
SOBRE VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS
EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
CAPÍTULO V
PARA QUE DÉIS MÁS FRUTO
La formación de los fieles laicos
La formación de los fieles laicos
Madurar continuamente
57. La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos revela otro
aspecto fundamental de la vida y de la misión de los fieles laicos: La llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto.
Como diligente viñador, el Padre cuida de su viña. La presencia solícita
de Dios es invocada ardientemente por Israel, que reza así: «¡Oh Dios Sebaot,
vuélvete ya, / desde los cielos mira y ve, / visita esta viña, cuídala, / a
ella, la que plantó tu diestra» (Sal 80, 15-16). El mismo Jesús habla del trabajo del Padre: «Yo soy la vid
verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo
corta, y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Jn 15, 1-2).
La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer radicados en
la vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mí como yo en él, ése da
mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).
El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a crecer,
a madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede dejar de asumir
su personal responsabilidad. A esta responsabilidad, tremenda y enaltecedora,
aluden las palabras graves de Jesús: «Si alguno no permanece en mí, es arrojado
fuera, como el sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo echan al fuego y lo
queman» (Jn 15, 6).
En este diálogo entre Dios que llama y la persona interpelada en su
responsabilidad se sitúa la posibilidad —es más, la necesidad— de una formación
integral y permanente de los fieles laicos, a la que los Padres sinodales han
reservado justamente una buena parte de su trabajo. En concreto, después de haber
descrito la formación cristiana como «un continuo proceso personal de
maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre,
con la guía del Espíritu Santo», han afirmado claramente que «la formación de
los fieles laicos se ha de colocar entre las prioridades
de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral de modo que todos los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, laicos y
religiosos) concurran a este fin»[209].
Descubrir y vivir la propia vocación y misión
58. La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el
descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad
siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión.
Dios me llama y me envía como obrero a su
viña; me llama y me envía a trabajar para el advenimiento de su Reino en la
historia. Esta vocación y misión personal define la dignidad y la
responsabilidad de cada fiel laico y constituye el punto de apoyo de toda la
obra formativa, ordenada al reconocimiento gozoso y agradecido de tal dignidad
y al desempeño fiel y generoso de tal responsabilidad.
En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado
como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre,
como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre» (Jn 10, 3). Pero el eterno
plan de Dios se nos revela a cada uno sólo a través del desarrollo histórico de
nuestra vida y de sus acontecimientos, y, por tanto, sólo gradualmente: en
cierto sentido, de día en día.
Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son
siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la
Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa
dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos
y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e históricas en las que
se está inmerso.
En la vida de cada fiel laico hay además momentos particularmente significativos y decisivospara discernir la
llamada de Dios y para acoger la misión que Él confía. Entre ellos están los
momentos de la adolescencia y de la juventud. Sin embargo, nadie puede olvidar que el Señor, como el dueño con los
obreros de la viña, llama —en el sentido de hacer concreta y precisa su santa
voluntad— a todas las horas de la vida: por eso la vigilancia, como atención solícita a la voz de
Dios, es una actitud fundamental y permanente del discípulo.
De todos modos, no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de nosotros, de cada uno de nosotros en las diversas
situaciones de la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así como nos lo recuerdan las palabras de María, la
Madre de Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná: «Haced lo que Él os
diga» (Jn 2, 5). Y para actuar con fidelidad a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse cada vez más capaz. Desde luego, con la
gracia del Señor, que no falta nunca, como dice San León Magno: «¡Dará la
fuerza quien ha conferido la dignidad!»[210]; pero también con la libre y
responsable colaboración de cada uno de nosotros.
Esta es la tarea maravillosa y esforzada que espera a todos los fieles
laicos, a todos los cristianos, sin pausa alguna: conocer cada vez más las
riquezas de la fe y del Bautismo y vivirlas en creciente plenitud. El apóstol
Pedro hablando del nacimento y crecimiento como de dos etapas de la vida
cristiana, nos exhorta: «Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual
pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación» (1 P 2, 2).
Una formación integral para vivir en la unidad
59. En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles
laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado
su mismo ser de miembros de la Iglesia y de
ciudadanos de la sociedad humana.
En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la
denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra, la
denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las
relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento
arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de
su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran
en el designio de Dios, que los quiere como el «lugar histórico» del revelarse
y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los
hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por
ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y
la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y
político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son ocasiones
providenciales para un «continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la
caridad»[211].
El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta unidad de vida, denunciando con
fuerza la gravedad de la fractura entre fe y vida, entre Evangelio y cultura:
«El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de una y otra ciudad, a
esforzarse por cumplir fielmente sus deberes temporales, guiados siempre por el
espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, sabiendo que no tenemos
aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran por esto que pueden
descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un
motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la
vocación personal de cada uno (...). La separación entre la fe y la vida diaria
de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra
época».[212] Por eso he afirmado
que una fe que no se hace cultura, es una fe «no plenamente acogida, no
enteramente pensada, no fielmente vivida»[213].
Aspectos de la formación
60. Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y
coordinados aspectos de laformación integral de los fieles laicos.
Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como
está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad
con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la
justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se
alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los
fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los
laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los
mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la
propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su
propia actividad de acuerdo con el querer divino»[214].
Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización
de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay
en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así
absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según
las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana
de lacultura, como respuesta a los
eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy.
En concreto, es absolutamente indispensable —sobre todo para los fieles
laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y político— un conocimiento
más exacto de la doctrina social de la Iglesia, como repetidamente los Padres sinodales han solicitado en sus
intervenciones. Hablando de la participación política de los fieles laicos, se
han expresado del siguiente modo: «Para que los laicos puedan realizar
activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de
hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las
exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la
conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual
contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas
(cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. sobre libertad cristiana y
liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción
catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas y
universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es
decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y
deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden
social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos
humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está
reservada a los laicos»[215].
Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los
fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y
apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(los laicos)
tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la
familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones
sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la
cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber
verdadera vida cristiana»[216].
Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a
la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento
de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo,
como Espíritu de unidad y de plenitud de vida.
Colaboradores de Dios educador
61. ¿Cuáles son los lugares y los medios de la formación cristiana de
los fieles laicos? ¿Cuáles son las personas y las comunidades llamadas a asumir la tarea de la formación integral y unitaria de los
fieles laicos?
Del mismo modo que la acción educativa humana está íntimamente unida a
la paternidad y maternidad, así también la formación cristiana encuentra su
raíz y su fuerza en Dios, el Padre que ama y educa a sus hijos. Sí, Dios es el primer y gran educador de su Pueblo, como dice el magnífico pasaje del Canto de Moisés: «En tierra desierta
le encuentra, / en el rugiente caos del desierto. / Y le envuelve, le sustenta,
le cuida, como a la niña de sus ojos. / Como un águila incita a su nidada, /
revolotea sobre sus polluelos, así él despliega sus alas y le toma, / y le
lleva sobre su plumaje. / Sólo Yavéh le guía a su destino, / no había con él
ningún Dios extranjero» (Dt 32, 10-12; cf. 8, 5).
La obra educadora de Dios se revela y cumple en Jesús, el Maestro, y
toca desde dentro el corazón de cada hombre gracias a la presencia dinámica del
Espíritu. La Iglesia madre está llamada a tomar parte en la acción educadora divina, bien en sí
misma, bien en sus distintas articulaciones y manifestaciones. Así es como los fieles laicos son formados por la Iglesia y en la Iglesia, en una recíproca comunión y colaboración de todos sus miembros:
sacerdotes, religiosos y fieles laicos.
Así la entera comunidad eclesial, en su diversos miembros, recibe la
fecundidad del Espíritu y coopera con ella activamente. En tal sentido Metodio
de Olimpo escribía: «Los imperfectos (...) son llevados y formados, como en las
entrañas de una madre, por los más perfectos hasta que sean engendrados y
alumbrados a la grandeza y belleza de la virtud»[217]; como ocurrió con Pablo, llevado e
introducido en la Iglesia por los perfectos (en la persona de Ananías), y
después convertido a su vez en perfecto y fecundo en tantos hijos.
Educadora es, sobre todo, la Iglesia universal, en la que el Papa desempeña el papel de primer formador de los fieles
laicos. A él, como sucesor de Pedro, le compete el ministerio de «confirmar en
la fe a los hermanos», enseñando a todos los creyentes los contenidos
esenciales de la vocación y misión cristiana y eclesial. No sólo su palabra
directa pide una atención dócil y amorosa por parte de los fieles laicos, sino
también su palabra transmitida a través de los documentos de los diversos
Dicasterios de la Santa Sede.
La Iglesia una y universal está presente en las diversas partes del
mundo a través de lasIglesias particulares. En cada una de ellas el Obispo tiene una responsabilidad personal con
respecto a los fieles laicos, a los que debe formar mediante el anuncio de la
Palabra, la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, la animación y
guía de su vida cristiana.
Dentro de la Iglesia particular o diócesis se encuentra y actúa la parroquia, a la que corresponde
desempeñar una tarea esencial en la formación más inmediata y personal de los
fieles laicos. En efecto, con unas relaciones que pueden llegar más fácilmente
a cada persona y a cada grupo, la parroquia está llamada a educar a sus
miembros en la recepción de la Palabra, en el diálogo litúrgico y personal con
Dios, en la vida de caridad fraterna, haciendo palpar de modo más directo y
concreto el sentido de la comunión eclesial y de la responsabilidad misionera.
Además, dentro de algunas parroquias, sobre todo si son extensas y
dispersas, las pequeñas comunidades eclesiales presentes pueden ser una ayuda notable en la formación de los
cristianos, pudiendo hacer más capilar e incisiva la conciencia y la
experiencia de la comunión y de la misión eclesial. Puede servir de ayuda también,
como han dicho los Padres sinodales, una catequesis postbautismal a modo de
catecumenado, que vuelva a proponer algunos elementos del «Ritual de la
Iniciación Cristiana de Adultos», destinados a hacer captar y vivir las
inmensas riquezas del Bautismo ya recibido[218].
En la formación que los fieles laicos reciben en la diócesis y en la
parroquia, por lo que se refiere en concreto al sentido de comunión y de
misión, es particularmente importante la ayuda que recíprocamente se prestan
los diversos miembros de la Iglesia: es una ayuda que revela y opera a la vez
el misterio de la Iglesia, Madre y Educadora. Los sacerdotes y los religiosos
deben ayudar a los fieles laicos en su formación. En este sentido los Padres
del Sínodo han invitado a los presbíteros y a los candidatos a las sagradas
Órdenes a «prepararse cuidadosamente para ser capaces de favorecer la vocación
y misión de los laicos»[219]. A su vez, los mismos fieles laicos
pueden y deben ayudar a los sacerdotes y religiosos en su camino espiritual y
pastoral.
Otros ambientes educativos
62. También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia doméstica», constituye la escuela primigenia y
fundamental para la formación de la fe. El padre y la madre reciben en el
sacramento del Matrimonio la gracia y la responsabilidad de la educación
cristiana en relación con los hijos, a los que testifican y transmiten a la vez
los valores humanos y religiosos. Aprendiendo las primeras palabras, los hijos
aprenden también a alabar a Dios, al que sienten cercano como Padre amoroso y
providente; aprendiendo los primeros gestos de amor, los hijos aprenden también
a abrirse a los otros, captando en la propia entrega el sentido del humano
vivir. La misma vida cotidiana de una familia auténticamente cristiana
constituye la primera «experiencia de Iglesia», destinada a ser corroborada y
desarrollada en la gradual inserción activa y responsable de los hijos en la
más amplia comunidad eclesial y en la sociedad civil. Cuanto más crezca en los
esposos y padres cristianos la conciencia de que su «iglesia doméstica» es
partícipe de la vida y de la misión de la Iglesia universal, tanto más podrán
ser formados los hijos en el «sentido de la Iglesia» y sentirán toda la belleza
de dedicar sus energías al servicio del Reino de Dios.
También son lugares importantes de formación las escuelas y universidades católicas, como también los centros de renovación espiritual que hoy se van
difundiendo cada vez más. Como han hecho notar los Padres sinodales, en el
actual contexto social e histórico, marcado por un profundo cambio cultural, ya
no basta la participación —por otra parte siempre necesaria e insustituible— de
los padres cristianos en la vida de la escuela; hay que preparar fieles laicos
que se dediquen a la acción educativa como a una verdadera y propia misión
eclesial; es necesario constituir y desarrollar «comunidades educativas»,
formadas a la vez por padres, docentes, sacerdotes, religiosos y religiosas,
representantes de los jóvenes. Y para que la escuela pueda desarrollar
dignamente su función de formación, los fieles laicos han de sentirse
comprometidos a exigir de todos y a promover para todos una verdadera libertad
de educación, incluso mediante una adecuada legislación civil[220].
Los Padres sinodales han tenido palabras de aprecio y de aliento hacia
todos aquellos fieles laicos, hombres y mujeres, que con espíritu cívico y
cristiano desarrollan una tarea educativa en la escuela y en los institutos de
formación. También han puesto de relieve la urgente necesidad de que los fieles
laicos maestros y profesores en las diversas escuelas, católicas o no, sean
verdaderos testigos del Evangelio, mediante el ejemplo de vida, la competencia
y rectitud profesional, la inspiración cristiana de la enseñanza, salvando
siempre —como es evidente— la autonomía de las diversas ciencias y disciplinas.
Es de particular importancia que la investigación científica y técnica llevada
a cabo por los fieles laicos esté regida por el criterio del servicio al hombre
en la totalidad de sus valores y de sus exigencias. A estos fieles laicos la
Iglesia les confía la tarea de hacer más comprensible a todos el íntimo vínculo
que existe entre la fe y la ciencia, entre el Evangelio y la cultura humana[221].
«Este Sínodo —leemos en una proposición— hace un llamamiento al papel
profético de las escuelas y universidades católicas, y alaba la dedicación de
los maestros y educadores —hoy, en su gran mayoría, laicos— para que en los
institutos de educación católica puedan formar hombres y mujeres en los que se
encarne el "mandamiento nuevo". La presencia contemporánea de
sacerdotes y laicos, y también de religiosos y religiosas, ofrece a los alumnos
una imagen viva de la Iglesia y hace más fácil el conocimiento de sus riquezas
(cf. Congregación para la Educación Católica, El laico educador, testigo de la fe en la escuela)»[222].
También los grupos, las asociaciones y los
movimientos tienen su lugar en la
formación de los fieles laicos. Tienen, en efecto, la posibilidad, cada uno con
sus propios métodos, de ofrecer una formación profundamente injertada en la
misma experiencia de vida apostólica, como también la oportunidad de completar,
concretar y especificar la formación que sus miembros reciben de otras personas
y comunidades.
La formación recibida y dada recíprocamente por todos
63. La formación no es el privilegio de algunos, sino un derecho y un
deber de todos. Al respecto, los Padres sinodales han dicho: «Se ofrezca a
todos la posibilidad de la formación, sobre todo a los pobres, los cuales
pueden ser —ellos mismos— fuente de formación para todos», y han añadido: «Para
la formación empléense medios adecuados que ayuden a cada uno a realizar la
plena vocación humana y cristiana»[223].
Para que se dé una pastoral verdaderamente incisiva y eficaz hay que
desarrollar la formación de los formadores, poniendo en funcionamiento los cursos oportunos o escuelas para tal fin.
Formar a los que, a su vez, deberán empeñarse en la formación de los fieles
laicos, constituye una exigencia primaria para asegurar la formación general y
capilar de todos los fieles laicos.
En la labor formativa se deberá reservar una atención especial a la
cultura local, según la explícita invitación de los Padres sinodales: «La
formación de los cristianos tendrá máximamente en cuenta la cultura humana del
lugar, que contribuye a la misma formación, y que ayudará a juzgar tanto el
valor que se encierra en la cultura tradicional, como aquel otro propuesto en
la cultura moderna. Se preste también la debida atención a las diversas
culturas que pueden coexistir en un mismo pueblo y en una misma nación. La
Iglesia, Madre y Maestra de los pueblos, se esforzará por salvar, donde sea el
caso, la cultura de las minorías que viven en grandes naciones[224].
Algunas convicciones se revelan especialmente necesarias y fecundas en
la labor formativa. Antes que nada, la convicción de que no se da formación
verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo la
responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura esencialmente
como «auto-formación».
Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a
la vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la
exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más
somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás.
Es de particular importancia la conciencia de que la labor formativa, al
tiempo que recurre inteligentemente a los medios y métodos de las ciencias
humanas, es tanto más eficaz cuanto más se deja llevar por la acción de Dios: sólo el sarmiento que
no teme dejarse podar por el viñador, da más fruto para sí y para los demás.
Llamamiento y oración
64. Como conclusión de este documento post-sinodal vuelvo a dirigiros,
una vez más, la invitación del «dueño de casa» del que nos habla el Evangelio: Id también vosotros a mi viña.Se puede decir que el significado del
Sínodo sobre la vocación y misión de los laicos está precisamente en este llamamiento de Nuestro Señor Jesucristo dirigido a todos, y, en particular, a los fieles laicos, hombres y mujeres.
Los trabajos sinodales han constituido para todos los participantes una
gran experiencia espiritual: la de una Iglesia atenta —en la luz y en la fuerza
del Espíritu— para discernir y acoger el renovado llamamiento de su Señor; y
esto para volver a presentar al mundo de hoy el misterio de su comunión y el
dinamismo de su misión de salvación, captando en particular el puesto y papel
específico de los fieles laicos. El fruto del Sínodo —que esta Exhortación
tiene intención de urgir como el más abundante posible en todas las Iglesias
esparcidas por el mundo— estará en función de la efectiva acogida que el
llamamiento del Señor recibirá por parte del entero Pueblo de Dios y, dentro de
él, por parte de los fieles laicos.
Por eso os exhorto vivamente a todos y a cada uno, Pastores y fieles, a
no cansaros nunca de mantener vigilante, más aún, de arraigar cada vez más —en
la mente, en el corazón y en la vida— la conciencia eclesial; es decir, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo,
partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera.
Es particularmente importante que todos los cristianos sean conscientes
de la extraordinariadignidad que les ha sido otorgada mediante el santo Bautismo. Por gracia estamos
llamados a ser hijos amados del Padre, miembros incorporados a Jesucristo y a
su Iglesia, templos vivos y santos del Espíritu. Volvamos a escuchar, emocionados
y agradecidos, las palabras de Juan el Evangelista: «¡Mirad qué amor nos ha
tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y lo somos realmente!» (1 Jn 3, 1).
Esta «novedad cristiana» otorgada a los miembros de la Iglesia, mientras
constituye para todos la raíz de su participación al oficio sacerdotal,
profético y real de Cristo y de su vocación a la santidad en el amor, se
manifiesta y se actúa en los fieles laicos según la «índole secular» que es
«propia y peculiar» de ellos.
La conciencia eclesial comporta, junto con el sentido de la común
dignidad cristiana, el sentido de pertenecer al misterio de la Iglesia Comunión. Es éste un aspecto
fundamental y decisivo para la vida y para la misión de la Iglesia. La ardiente
oración de Jesús en la última Cena: «Ut unum sint!», ha de convertirse para todos y cada uno, todos los días, en un exigente
e irrenunciable programa de vida y de acción.
El vivo sentido de la comunión eclesial, don del Espíritu Santo que urge
nuestra libre respuesta, tendrá como fruto precioso la valoración armónica, en
la Iglesia «una y católica», de la rica variedad de vocaciones y condiciones de
vida, de carismas, de ministerios y de tareas y responsabilidades, como también
una más convencida y decidida colaboración de los grupos, de las asociaciones y
de los movimientos de fieles laicos en el solidario cumplimiento de la común
misión salvadora de la misma Iglesia. Esta comunión ya es en sí misma el primer
gran signo de la presencia de Cristo Salvador en el mundo; y, al mismo tiempo,
favorece y estimula la directa acción apostólica y misionera de la Iglesia.
En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, Pastores y fieles,
ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de
Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15), renovando su
empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido
confiada a la Iglesia: la de unanueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos
han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a
anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias
de las personas y de la sociedad.
El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre durante el Año
Mariano, ha confiado sus trabajos, de modo muy especial, a la intercesión de
María Santísima, Madre del Redentor. Y ahora confío a la misma intercesión la
fecundidad espiritual de los frutos del Sínodo. Al término de este documento
postsinodal me dirijo a la Virgen, en unión con los Padres y fieles laicos
presentes en el Sínodo y con todos los demás miembros del Pueblo de Dios. La
llamada se hace oración:
Oh Virgen santísima
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.
Contigo damos gracias a Dios,
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.
Virgen del Magnificat,
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.
Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.
En tu corazón de madre
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.
Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.
Tú que junto a los Apóstoles
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.
Virgen Madre,
guíanos y sostennos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.
guíanos y sostennos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.
Amén.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de diciembre, fiesta de la
sagrada Familia de Jesús, María y José, del año 1988, undécimo de mi
Pontificado.
JOANNES PAULUS PP. II
NOTAS
[4] Juan Pablo II, Homilía en la solemne Concelebración Eucarística de
clausura de la VII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (30
Octubre 1987): AAS 80 (1988) 598.
[7] Los Padres del Sínodo extraordinario de 1985, después de haber afirmado
"la gran importancia y la gran actualidad de la Constitución pastoral Gaudium
et spes", agregan: "Al mismo tiempo percibimos, sin embargo, que los
signos de nuestro tiempo son en parte diversos de aquellos otros del tiempo del
Concilio, con mayores angustias y problemas. En efecto, en el mundo hoy crecen
por todas partes el hambre, la opresión, la injusticia y la guerra, los
sufrimientos, el terrorismo y otras formas de violencia de todo género" (Ecclesia
sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi. Relatio finalis,
II, D, 1).
[10] Cf. Instrumentum laboris, "Vocación y
misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio
Vaticano II", 5-10.
[21] Juan Pablo II, Homilía
al inicio del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 Octubre 1978): AAS 70 (1978) 946.
[22] Cf. La presentación que se hace de este magisterio en el Instrumentum laboris, "Vocación y misión de los laicos en la
Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio Vaticano II", 25.
[30] Pablo VI, Discurso a los miembros de los Institutos Seculares (2 Febrero
1972): AAS 64 (1972) 208.
[40] «Los laicos, siendo miembros a pleno título del Pueblo de Dios y del
Cuerpo Místico, partícipes, mediante el Bautismo, del triple oficio sacerdotal,
profético y real de Cristo, expresan y ponen en juego las riquezas de esta
dignidad suya viviendo en el mundo. Lo que para quienes pertenecen al
ministerio ordenado puede constituir una tarea sobreañadida o excepcional, para
los laicos es misión típica. Su vocación propia consiste en "buscar el
Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según
Dios" (Lumen
gentium, 31)» (Juan Pablo II, Ángelus [15 Marzo 1987]: Insegnamenti, X, 1 [1987] 561).
[41] Véase, en particular, el cap. V de la Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 39-42, que trata sobre la "universal vocación a la santidad en la
Iglesia".
[42] II Asamb. Gen. Extraor. Sínodo de los Obispos (1985), Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi.
Relatio finalis, II, A, 4.
[44] Ibid., 42. Estas afirmaciones solemnes e inequívocas del Concilio vuelven a
proponer una verdad fundamental de la fe cristiana. Así, por ejemplo, Pío XI en
la encíclica Casti
connubii, dirigida a los esposos cristianos, escribe: "Todos, de cualquier
condición que sean y en cualquier honesto estado de vida que hayan elegido,
pueden y deben imitar al perfectísimo ejemplar de toda santidad propuesto a los
hombres por Dios, que es nuestro Señor Jesucristo; y con la ayuda de Dios
alcanzar también la cima más alta de la perfección cristiana, como el ejemplo de
muchos santos nos lo demuestra": AAS 22 (1930) 548.
[53] II Asamb. Gen. Extraor. Sínodo de los Obispos (1985), Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi.
Relatio finalis, II, C, 1.
[63] Juan Pablo II, Homilía en la solemne Concelebración Eucarística de
clausura de la VII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos (30 Octubre
1987): AAS 80 (1988) 600.
[66] Conc. Ecum. Vat. II, Dec. sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
ordinis, 2. Cf Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 10.
[68] Cf. Juan Pablo II, Carta a
todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo(9 Abril 1979), 3-4: Insegnamenti, II, 1 (1979) 844-847.
[70] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Dec. sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum
ordinis, 2 y 5.
[72] El Código de Derecho Canónico enumera una serie de funciones o tareas
propias de los sagrados ministros, que, sin embargo -por especiales y graves
circunstancias, y concretamente por falta de presbíteros o diáconos-, son
momentáneamente ejercitadas por fieles laicos, previa facultad jurídica y
mandato de la autoridad eclesiástica competente: cf cann. 230 SS 3; 517 SS 2;
776; 861 SS 2; 910 SS 2; 943; 1112; etc.
[73] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
Concilium, 28;C.I.C., can. 230 SS 2, que dice así: "Por encargo
temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las ceremonias
litúrgicas; asimismo, todos los fieles laicos pueden desempeñar las funciones
de comentador, cantor y otras, a tenor de la norma del derecho".
[74] El Código de Derecho Canónico presenta distintas funciones y tareas que
los fieles laicos pueden desempeñar en las estructuras organizativas de la
Iglesia: cf. cann. 228; 229 SS 3; 317 SS 3; 463 SS 1 n. 5, SS 2; 483; 494; 537;
759; 776; 784; 785; 1282; 1421 SS 2; 1424; 1428 SS 2; 1435; etc.
[80] «Por haber recibido estos carismas, incluso los más sencillos, se origina
en cada creyente el derecho y deber de ejercitarlos para el bien de los hombres
y para la edificación de la Iglesia, tanto en la misma Iglesia como en el
mundo, con la libertad del Espíritu Santo que "sopla donde quiere" (Jn.
3, 8), y al mismo tiempo, en la comunión con todos los hermanos en Cristo,
especialmente con los propios Pastores» (Ibid.).
[84] Conc. Ecum. Vat. II, Dec. sobre el oficio pastoral de los Obispos en la
Iglesia Christus Dominus, 11.
[90] Leemos en el Concilio: «Ya que en su Iglesia el Obispo no puede presidir
siempre y en todas partes personalmente a toda su grey, debe constituir
necesariamente asambleas de fieles, entre las cuales tienen un lugar
preeminente las parroquias constituidas localmente bajo la guía de un pastor
que hace las veces del Obispo: ellas, en efecto, representan en cierto modo la
Iglesia visible establecida en toda la tierra» (Conc. Ecum. Vat. II, Const.
sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
Concilium, 42).
[119] Juan Pablo II, Discurso al Convenio de la Iglesia italiana en Loreto (10
Abril 1985): AAS77 (1985) 964.
[124] Juan Pablo II, Homilía
al inicio del ministerio de Supremo Pastor de la Iglesia (22 Octubre 1978): AAS 70 (1978) 947.
[126] Conc. Ecum. Vat. II, Dec. sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 20. Cf. también Ibid., 37.
[131] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium
et spes, 22.
[136] «Si celebramos tan solemnemente el Nacimiento de Jesús, es para
testimoniar que todo hombre es alguien, único e irrepetible. Si las
estadísticas humanas, las catalogaciones humanas, los humanos sistemas
políticos, económicos y sociales, las simples posibilidades humanas no logran
asegurar al hombre el que pueda nacer, existir y trabajar como un único e
irrepetible, entonces todo eso se lo asegura Dios. Para El y ante El, el hombre
es siempre único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente
elegido; alguien denominado y llamado por su propio nombre» (Juan Pablo II, Primer
radiomensaje de Navidad al mundo:AAS 71 [1979] 66).
[139] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum
vitae sobre el respeto de la vida humana
naciente y la dignidad de la procreación. Respuestas a algunas cuestiones de
actualidad (22 Febrero 1987): AAS 80 (1988) 70-102.
[141] Juan Pablo II, Mensaje
de la XXI Jornada Mundial de la Paz (8 Diciembre 1987): AAS80 (1988) 278 y 280.
[149] Sobre la relación entre justicia y misericordia, cf. la Encíclica Dives in
misericordia, 12:AAS 72 (1980) 1215-1217.
[160] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 67. Cf. Juan Pablo II, Enc. Laborem
exercens, 24-27: AAS 73 (1981) 637-647.
[169] Juan Pablo II, Carta Ap.
a los jóvenes y a los jóvenes del mundo con ocasión del "Año Internacional
de la Juventud", 15: AAS 77 (1985) 620-621.
[174] J. Gerson, De parvulis ad Christum trahendis, CEuvres completes,
Desclée, Paris 1973, IX, 669.
[175] Juan Pablo II, Discurso a grupos de la tercera edad de las diócesis
italianas (23 Marzo 1984): Insegnamenti, VII, 1 (1984) 744.
[181] Pablo VI, Discurso al Comité de organización del Año Internacional de la
Mujer (18 Abril 1975): AAS 67 (1975) 266.
[186] La Encíclica Redemptoris
Mater, después de haber recordado que la "dimensión mariana de la vida
cristiana adquiere una peculiar acentuación, en relación con la mujer y su
condición", escribe: "En efecto, la femineidad se encuentra en una
relación singular con la Madre del Redentor, tema que podrá ser profundizado en
otro lugar. Aquí deseo solamente hacer notar que la figura de María de Nazareth
proyecta su luz sobre la mujer en cuanto tal por el hecho mismo de que Dios, en
el sublime acontecimiento de la encarnación del Hijo, se ha confiado al
ministerio, libre y activo, de una mujer. Por tanto, se puede afirmar que la
mujer, mirando a María, encuentra en Ella el secreto para vivir dignamente su
femineidad y llevar a cabo su propia promoción. A la luz de María, la Iglesia
percibe en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza que es espejo de
los más elevados sentimientos de que es capaz el corazón humano: la ofrenda
total del amor; la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores; la
fidelidad ilimitada y la laboriosidad infatigable; la capacidad de conjugar la
intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo" (Juan Pablo II,
Enc. Redemptoris
Mater, 46: AAS 79 [1987] 424-425).
[188] Cf. Congregación para la Doctrina de la
Fe, Instrucción sobre la cuestión de la admisión de la mujer al sacerdocio
ministerial Inter
insigniores (15 Octubre 1976): AAS 69 (1977) 98-116.
[190] Ibid., 27. «La Iglesia es un cuerpo diferenciado, en el que cada uno
tiene su función; las tareas son distintas y no deben ser confundidas. Estas no
dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros; no suministran ningún
pretexto a la envidia. El único carisma superior -que puede y debe ser deseado-
es la caridad (cf 1 Cor 12-13). Los más grandes en el Reino de los cielos no son los ministros,
sino los santos" (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración
sobre la cuestión de la admisión de la mujer al sacerdocio ministerial Inter
insigniores (15 Octubre 1976): AAS 69 (1977) 115.
[191] Pablo VI, Discurso al Comité de organización del Año Internacional de la
Mujer (18 Abril 1975): AAS 67 (1975) 266.
[198] VII Asam. Gen. Ord. Sinodo de los Obispos (1987), Per Concili semitas ad Populum Dei Nuntius, 12.
[203] San Ambrosio, De Virginitate, VI, 34: PL 16, 288. Cf San Agustín, Sermo CCCIV, III, 2: PL 38, 1396.
[204] Cf Pío XII, Const. Ap. Provida
Mater (2 Febrero 1947): AAS 39 (1947) 114-124; C.I.C., can. 573.
[207] San Francisco de Sales, Introduction a la vie
devote, I, III: Œuvres completes, Monastere de la Visitation, Annecy 1893,
III, 19-21.
[212] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 43. Cf. también Dec. sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 21; Pablo VI, Exh.
Ap. Evangelii
nuntiandi, 20: AAS 68 (1976) 19.
[213] Juan Pablo II, Discurso a los participantes al Congreso Nacional del
Movimiento Eclesial de Acción Cultural (M.E.I.C.) (16 Enero 1982), 2: Insegnamenti, V, 1 (1982) 131; cf. también la Carta al
Cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado, con la que se constituye el
Pontificio Consejo para la Cultura (20 Mayo 1982): AAS 74 (1982) 685; Discurso a la Comunidad
universitaria de Lovaina (20 Mayo 1985): Insegnamenti, VIII, 1 (1985)
1591.
[215] Propositio 22. Cf también Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo
rei socialis, 41: AAS 80 (1988) 570-572.
PARA QUE DÉIS MÁS FRUTO
La formación de los fieles laicos
La formación de los fieles laicos
Madurar continuamente
57. La imagen evangélica de la vid y los sarmientos nos revela otro
aspecto fundamental de la vida y de la misión de los fieles laicos: La llamada a crecer, a madurar continuamente, a dar siempre más fruto.
Como diligente viñador, el Padre cuida de su viña. La presencia solícita
de Dios es invocada ardientemente por Israel, que reza así: «¡Oh Dios Sebaot,
vuélvete ya, / desde los cielos mira y ve, / visita esta viña, cuídala, / a
ella, la que plantó tu diestra» (Sal 80, 15-16). El mismo Jesús habla del trabajo del Padre: «Yo soy la vid
verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo
corta, y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Jn 15, 1-2).
La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer radicados en
la vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mí como yo en él, ése da
mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).
El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a crecer,
a madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede dejar de asumir
su personal responsabilidad. A esta responsabilidad, tremenda y enaltecedora,
aluden las palabras graves de Jesús: «Si alguno no permanece en mí, es arrojado
fuera, como el sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo echan al fuego y lo
queman» (Jn 15, 6).
En este diálogo entre Dios que llama y la persona interpelada en su
responsabilidad se sitúa la posibilidad —es más, la necesidad— de una formación
integral y permanente de los fieles laicos, a la que los Padres sinodales han
reservado justamente una buena parte de su trabajo. En concreto, después de haber
descrito la formación cristiana como «un continuo proceso personal de
maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre,
con la guía del Espíritu Santo», han afirmado claramente que «la formación de
los fieles laicos se ha de colocar entre las prioridades
de la diócesis y se ha de incluir en los programas de acción pastoral de modo que todos los esfuerzos de la comunidad (sacerdotes, laicos y
religiosos) concurran a este fin»[209].
Descubrir y vivir la propia vocación y misión
58. La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el
descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad
siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión.
Dios me llama y me envía como obrero a su
viña; me llama y me envía a trabajar para el advenimiento de su Reino en la
historia. Esta vocación y misión personal define la dignidad y la
responsabilidad de cada fiel laico y constituye el punto de apoyo de toda la
obra formativa, ordenada al reconocimiento gozoso y agradecido de tal dignidad
y al desempeño fiel y generoso de tal responsabilidad.
En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado
como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre,
como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre» (Jn 10, 3). Pero el eterno
plan de Dios se nos revela a cada uno sólo a través del desarrollo histórico de
nuestra vida y de sus acontecimientos, y, por tanto, sólo gradualmente: en
cierto sentido, de día en día.
Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son
siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la
Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa
dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos
y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e históricas en las que
se está inmerso.
En la vida de cada fiel laico hay además momentos particularmente significativos y decisivospara discernir la
llamada de Dios y para acoger la misión que Él confía. Entre ellos están los
momentos de la adolescencia y de la juventud. Sin embargo, nadie puede olvidar que el Señor, como el dueño con los
obreros de la viña, llama —en el sentido de hacer concreta y precisa su santa
voluntad— a todas las horas de la vida: por eso la vigilancia, como atención solícita a la voz de
Dios, es una actitud fundamental y permanente del discípulo.
De todos modos, no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de nosotros, de cada uno de nosotros en las diversas
situaciones de la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así como nos lo recuerdan las palabras de María, la
Madre de Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná: «Haced lo que Él os
diga» (Jn 2, 5). Y para actuar con fidelidad a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse cada vez más capaz. Desde luego, con la
gracia del Señor, que no falta nunca, como dice San León Magno: «¡Dará la
fuerza quien ha conferido la dignidad!»[210]; pero también con la libre y
responsable colaboración de cada uno de nosotros.
Esta es la tarea maravillosa y esforzada que espera a todos los fieles
laicos, a todos los cristianos, sin pausa alguna: conocer cada vez más las
riquezas de la fe y del Bautismo y vivirlas en creciente plenitud. El apóstol
Pedro hablando del nacimento y crecimiento como de dos etapas de la vida
cristiana, nos exhorta: «Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual
pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación» (1 P 2, 2).
Una formación integral para vivir en la unidad
59. En el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles
laicos han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está marcado
su mismo ser de miembros de la Iglesia y de
ciudadanos de la sociedad humana.
En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la
denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra, la
denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las
relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. El sarmiento
arraigado en la vid que es Cristo, da fruto en cada sector de su actividad y de
su existencia. En efecto, todos los distintos campos de la vida laical entran
en el designio de Dios, que los quiere como el «lugar histórico» del revelarse
y realizarse de la caridad de Jesucristo para gloria del Padre y servicio a los
hermanos. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto —como por
ejemplo, la competencia profesional y la solidaridad en el trabajo, el amor y
la entrega a la familia y a la educación de los hijos, el servicio social y
político, la propuesta de la verdad en el ámbito de la cultura— son ocasiones
providenciales para un «continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la
caridad»[211].
El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta unidad de vida, denunciando con
fuerza la gravedad de la fractura entre fe y vida, entre Evangelio y cultura:
«El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de una y otra ciudad, a
esforzarse por cumplir fielmente sus deberes temporales, guiados siempre por el
espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, sabiendo que no tenemos
aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran por esto que pueden
descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un
motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la
vocación personal de cada uno (...). La separación entre la fe y la vida diaria
de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra
época».[212] Por eso he afirmado
que una fe que no se hace cultura, es una fe «no plenamente acogida, no
enteramente pensada, no fielmente vivida»[213].
Aspectos de la formación
60. Dentro de esta síntesis de vida se sitúan los múltiples y
coordinados aspectos de laformación integral de los fieles laicos.
Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado en la vida de cada uno, llamado como
está a crecer ininterrumpidamente en la intimidad con Jesús, en la conformidad
con la voluntad del Padre, en la entrega a los hermanos en la caridad y en la
justicia. Escribe el Concilio: «Esta vida de íntima unión con Cristo se
alimenta en la Iglesia con las ayudas espirituales que son comunes a todos los
fieles, sobre todo con la participación activa en la sagrada liturgia; y los
laicos deben usar estas ayudas de manera que, mientras cumplen con rectitud los
mismos deberes del mundo en su ordinaria condición de vida, no separen de la
propia vida la unión con Cristo, sino que crezcan en ella desempeñando su
propia actividad de acuerdo con el querer divino»[214].
Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización
de su fe, sino también por la exigencia de «dar razón de la esperanza» que hay
en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así
absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según
las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana
de lacultura, como respuesta a los
eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy.
En concreto, es absolutamente indispensable —sobre todo para los fieles
laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y político— un conocimiento
más exacto de la doctrina social de la Iglesia, como repetidamente los Padres sinodales han solicitado en sus
intervenciones. Hablando de la participación política de los fieles laicos, se
han expresado del siguiente modo: «Para que los laicos puedan realizar
activamente este noble propósito en la política (es decir, el propósito de
hacer reconocer y estimar los valores humanos y cristianos), no bastan las
exhortaciones, sino que es necesario ofrecerles la debida formación de la
conciencia social, especialmente en la doctrina social de la Iglesia, la cual
contiene principios de reflexión, criterios de juicio y directrices prácticas
(cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. sobre libertad cristiana y
liberación, 72). Tal doctrina ya debe estar presente en la instrucción
catequética general, en las reuniones especializadas y en las escuelas y
universidades. Esta doctrina social de la Iglesia es, sin embargo, dinámica, es
decir adaptada a las circunstancias de los tiempos y lugares. Es un derecho y
deber de los pastores proponer los principios morales también sobre el orden
social, y deber de todos los cristianos dedicarse a la defensa de los derechos
humanos; sin embargo, la participación activa en los partidos políticos está
reservada a los laicos»[215].
Finalmente, en el contexto de la formación integral y unitaria de los
fieles laicos es particularmente significativo, por su acción misionera y
apostólica, el crecimiento personal en los valores humanos. Precisamente en este sentido el Concilio ha escrito: «(los laicos)
tengan también muy en cuenta la competencia profesional, el sentido de la
familia y el sentido cívico, y aquellas virtudes relativas a las relaciones
sociales, es decir, la probidad, el espíritu de justicia, la sinceridad, la
cortesía, la fortaleza de ánimo, sin las cuales ni siquiera puede haber
verdadera vida cristiana»[216].
Los fieles laicos, al madurar la síntesis orgánica de su vida —que es a
la vez expresión de la unidad de su ser y condición para el eficaz cumplimiento
de su misión—, serán interiormente guiados y sostenidos por el Espíritu Santo,
como Espíritu de unidad y de plenitud de vida.
Colaboradores de Dios educador
61. ¿Cuáles son los lugares y los medios de la formación cristiana de
los fieles laicos? ¿Cuáles son las personas y las comunidades llamadas a asumir la tarea de la formación integral y unitaria de los
fieles laicos?
Del mismo modo que la acción educativa humana está íntimamente unida a
la paternidad y maternidad, así también la formación cristiana encuentra su
raíz y su fuerza en Dios, el Padre que ama y educa a sus hijos. Sí, Dios es el primer y gran educador de su Pueblo, como dice el magnífico pasaje del Canto de Moisés: «En tierra desierta
le encuentra, / en el rugiente caos del desierto. / Y le envuelve, le sustenta,
le cuida, como a la niña de sus ojos. / Como un águila incita a su nidada, /
revolotea sobre sus polluelos, así él despliega sus alas y le toma, / y le
lleva sobre su plumaje. / Sólo Yavéh le guía a su destino, / no había con él
ningún Dios extranjero» (Dt 32, 10-12; cf. 8, 5).
La obra educadora de Dios se revela y cumple en Jesús, el Maestro, y
toca desde dentro el corazón de cada hombre gracias a la presencia dinámica del
Espíritu. La Iglesia madre está llamada a tomar parte en la acción educadora divina, bien en sí
misma, bien en sus distintas articulaciones y manifestaciones. Así es como los fieles laicos son formados por la Iglesia y en la Iglesia, en una recíproca comunión y colaboración de todos sus miembros:
sacerdotes, religiosos y fieles laicos.
Así la entera comunidad eclesial, en su diversos miembros, recibe la
fecundidad del Espíritu y coopera con ella activamente. En tal sentido Metodio
de Olimpo escribía: «Los imperfectos (...) son llevados y formados, como en las
entrañas de una madre, por los más perfectos hasta que sean engendrados y
alumbrados a la grandeza y belleza de la virtud»[217]; como ocurrió con Pablo, llevado e
introducido en la Iglesia por los perfectos (en la persona de Ananías), y
después convertido a su vez en perfecto y fecundo en tantos hijos.
Educadora es, sobre todo, la Iglesia universal, en la que el Papa desempeña el papel de primer formador de los fieles
laicos. A él, como sucesor de Pedro, le compete el ministerio de «confirmar en
la fe a los hermanos», enseñando a todos los creyentes los contenidos
esenciales de la vocación y misión cristiana y eclesial. No sólo su palabra
directa pide una atención dócil y amorosa por parte de los fieles laicos, sino
también su palabra transmitida a través de los documentos de los diversos
Dicasterios de la Santa Sede.
La Iglesia una y universal está presente en las diversas partes del
mundo a través de lasIglesias particulares. En cada una de ellas el Obispo tiene una responsabilidad personal con
respecto a los fieles laicos, a los que debe formar mediante el anuncio de la
Palabra, la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, la animación y
guía de su vida cristiana.
Dentro de la Iglesia particular o diócesis se encuentra y actúa la parroquia, a la que corresponde
desempeñar una tarea esencial en la formación más inmediata y personal de los
fieles laicos. En efecto, con unas relaciones que pueden llegar más fácilmente
a cada persona y a cada grupo, la parroquia está llamada a educar a sus
miembros en la recepción de la Palabra, en el diálogo litúrgico y personal con
Dios, en la vida de caridad fraterna, haciendo palpar de modo más directo y
concreto el sentido de la comunión eclesial y de la responsabilidad misionera.
Además, dentro de algunas parroquias, sobre todo si son extensas y
dispersas, las pequeñas comunidades eclesiales presentes pueden ser una ayuda notable en la formación de los
cristianos, pudiendo hacer más capilar e incisiva la conciencia y la
experiencia de la comunión y de la misión eclesial. Puede servir de ayuda también,
como han dicho los Padres sinodales, una catequesis postbautismal a modo de
catecumenado, que vuelva a proponer algunos elementos del «Ritual de la
Iniciación Cristiana de Adultos», destinados a hacer captar y vivir las
inmensas riquezas del Bautismo ya recibido[218].
En la formación que los fieles laicos reciben en la diócesis y en la
parroquia, por lo que se refiere en concreto al sentido de comunión y de
misión, es particularmente importante la ayuda que recíprocamente se prestan
los diversos miembros de la Iglesia: es una ayuda que revela y opera a la vez
el misterio de la Iglesia, Madre y Educadora. Los sacerdotes y los religiosos
deben ayudar a los fieles laicos en su formación. En este sentido los Padres
del Sínodo han invitado a los presbíteros y a los candidatos a las sagradas
Órdenes a «prepararse cuidadosamente para ser capaces de favorecer la vocación
y misión de los laicos»[219]. A su vez, los mismos fieles laicos
pueden y deben ayudar a los sacerdotes y religiosos en su camino espiritual y
pastoral.
Otros ambientes educativos
62. También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia doméstica», constituye la escuela primigenia y
fundamental para la formación de la fe. El padre y la madre reciben en el
sacramento del Matrimonio la gracia y la responsabilidad de la educación
cristiana en relación con los hijos, a los que testifican y transmiten a la vez
los valores humanos y religiosos. Aprendiendo las primeras palabras, los hijos
aprenden también a alabar a Dios, al que sienten cercano como Padre amoroso y
providente; aprendiendo los primeros gestos de amor, los hijos aprenden también
a abrirse a los otros, captando en la propia entrega el sentido del humano
vivir. La misma vida cotidiana de una familia auténticamente cristiana
constituye la primera «experiencia de Iglesia», destinada a ser corroborada y
desarrollada en la gradual inserción activa y responsable de los hijos en la
más amplia comunidad eclesial y en la sociedad civil. Cuanto más crezca en los
esposos y padres cristianos la conciencia de que su «iglesia doméstica» es
partícipe de la vida y de la misión de la Iglesia universal, tanto más podrán
ser formados los hijos en el «sentido de la Iglesia» y sentirán toda la belleza
de dedicar sus energías al servicio del Reino de Dios.
También son lugares importantes de formación las escuelas y universidades católicas, como también los centros de renovación espiritual que hoy se van
difundiendo cada vez más. Como han hecho notar los Padres sinodales, en el
actual contexto social e histórico, marcado por un profundo cambio cultural, ya
no basta la participación —por otra parte siempre necesaria e insustituible— de
los padres cristianos en la vida de la escuela; hay que preparar fieles laicos
que se dediquen a la acción educativa como a una verdadera y propia misión
eclesial; es necesario constituir y desarrollar «comunidades educativas»,
formadas a la vez por padres, docentes, sacerdotes, religiosos y religiosas,
representantes de los jóvenes. Y para que la escuela pueda desarrollar
dignamente su función de formación, los fieles laicos han de sentirse
comprometidos a exigir de todos y a promover para todos una verdadera libertad
de educación, incluso mediante una adecuada legislación civil[220].
Los Padres sinodales han tenido palabras de aprecio y de aliento hacia
todos aquellos fieles laicos, hombres y mujeres, que con espíritu cívico y
cristiano desarrollan una tarea educativa en la escuela y en los institutos de
formación. También han puesto de relieve la urgente necesidad de que los fieles
laicos maestros y profesores en las diversas escuelas, católicas o no, sean
verdaderos testigos del Evangelio, mediante el ejemplo de vida, la competencia
y rectitud profesional, la inspiración cristiana de la enseñanza, salvando
siempre —como es evidente— la autonomía de las diversas ciencias y disciplinas.
Es de particular importancia que la investigación científica y técnica llevada
a cabo por los fieles laicos esté regida por el criterio del servicio al hombre
en la totalidad de sus valores y de sus exigencias. A estos fieles laicos la
Iglesia les confía la tarea de hacer más comprensible a todos el íntimo vínculo
que existe entre la fe y la ciencia, entre el Evangelio y la cultura humana[221].
«Este Sínodo —leemos en una proposición— hace un llamamiento al papel
profético de las escuelas y universidades católicas, y alaba la dedicación de
los maestros y educadores —hoy, en su gran mayoría, laicos— para que en los
institutos de educación católica puedan formar hombres y mujeres en los que se
encarne el "mandamiento nuevo". La presencia contemporánea de
sacerdotes y laicos, y también de religiosos y religiosas, ofrece a los alumnos
una imagen viva de la Iglesia y hace más fácil el conocimiento de sus riquezas
(cf. Congregación para la Educación Católica, El laico educador, testigo de la fe en la escuela)»[222].
También los grupos, las asociaciones y los
movimientos tienen su lugar en la
formación de los fieles laicos. Tienen, en efecto, la posibilidad, cada uno con
sus propios métodos, de ofrecer una formación profundamente injertada en la
misma experiencia de vida apostólica, como también la oportunidad de completar,
concretar y especificar la formación que sus miembros reciben de otras personas
y comunidades.
La formación recibida y dada recíprocamente por todos
63. La formación no es el privilegio de algunos, sino un derecho y un
deber de todos. Al respecto, los Padres sinodales han dicho: «Se ofrezca a
todos la posibilidad de la formación, sobre todo a los pobres, los cuales
pueden ser —ellos mismos— fuente de formación para todos», y han añadido: «Para
la formación empléense medios adecuados que ayuden a cada uno a realizar la
plena vocación humana y cristiana»[223].
Para que se dé una pastoral verdaderamente incisiva y eficaz hay que
desarrollar la formación de los formadores, poniendo en funcionamiento los cursos oportunos o escuelas para tal fin.
Formar a los que, a su vez, deberán empeñarse en la formación de los fieles
laicos, constituye una exigencia primaria para asegurar la formación general y
capilar de todos los fieles laicos.
En la labor formativa se deberá reservar una atención especial a la
cultura local, según la explícita invitación de los Padres sinodales: «La
formación de los cristianos tendrá máximamente en cuenta la cultura humana del
lugar, que contribuye a la misma formación, y que ayudará a juzgar tanto el
valor que se encierra en la cultura tradicional, como aquel otro propuesto en
la cultura moderna. Se preste también la debida atención a las diversas
culturas que pueden coexistir en un mismo pueblo y en una misma nación. La
Iglesia, Madre y Maestra de los pueblos, se esforzará por salvar, donde sea el
caso, la cultura de las minorías que viven en grandes naciones[224].
Algunas convicciones se revelan especialmente necesarias y fecundas en
la labor formativa. Antes que nada, la convicción de que no se da formación
verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo la
responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura esencialmente
como «auto-formación».
Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a
la vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la
exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más
somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás.
Es de particular importancia la conciencia de que la labor formativa, al
tiempo que recurre inteligentemente a los medios y métodos de las ciencias
humanas, es tanto más eficaz cuanto más se deja llevar por la acción de Dios: sólo el sarmiento que
no teme dejarse podar por el viñador, da más fruto para sí y para los demás.
Llamamiento y oración
64. Como conclusión de este documento post-sinodal vuelvo a dirigiros,
una vez más, la invitación del «dueño de casa» del que nos habla el Evangelio: Id también vosotros a mi viña.Se puede decir que el significado del
Sínodo sobre la vocación y misión de los laicos está precisamente en este llamamiento de Nuestro Señor Jesucristo dirigido a todos, y, en particular, a los fieles laicos, hombres y mujeres.
Los trabajos sinodales han constituido para todos los participantes una
gran experiencia espiritual: la de una Iglesia atenta —en la luz y en la fuerza
del Espíritu— para discernir y acoger el renovado llamamiento de su Señor; y
esto para volver a presentar al mundo de hoy el misterio de su comunión y el
dinamismo de su misión de salvación, captando en particular el puesto y papel
específico de los fieles laicos. El fruto del Sínodo —que esta Exhortación
tiene intención de urgir como el más abundante posible en todas las Iglesias
esparcidas por el mundo— estará en función de la efectiva acogida que el
llamamiento del Señor recibirá por parte del entero Pueblo de Dios y, dentro de
él, por parte de los fieles laicos.
Por eso os exhorto vivamente a todos y a cada uno, Pastores y fieles, a
no cansaros nunca de mantener vigilante, más aún, de arraigar cada vez más —en
la mente, en el corazón y en la vida— la conciencia eclesial; es decir, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo,
partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera.
Es particularmente importante que todos los cristianos sean conscientes
de la extraordinariadignidad que les ha sido otorgada mediante el santo Bautismo. Por gracia estamos
llamados a ser hijos amados del Padre, miembros incorporados a Jesucristo y a
su Iglesia, templos vivos y santos del Espíritu. Volvamos a escuchar, emocionados
y agradecidos, las palabras de Juan el Evangelista: «¡Mirad qué amor nos ha
tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y lo somos realmente!» (1 Jn 3, 1).
Esta «novedad cristiana» otorgada a los miembros de la Iglesia, mientras
constituye para todos la raíz de su participación al oficio sacerdotal,
profético y real de Cristo y de su vocación a la santidad en el amor, se
manifiesta y se actúa en los fieles laicos según la «índole secular» que es
«propia y peculiar» de ellos.
La conciencia eclesial comporta, junto con el sentido de la común
dignidad cristiana, el sentido de pertenecer al misterio de la Iglesia Comunión. Es éste un aspecto
fundamental y decisivo para la vida y para la misión de la Iglesia. La ardiente
oración de Jesús en la última Cena: «Ut unum sint!», ha de convertirse para todos y cada uno, todos los días, en un exigente
e irrenunciable programa de vida y de acción.
El vivo sentido de la comunión eclesial, don del Espíritu Santo que urge
nuestra libre respuesta, tendrá como fruto precioso la valoración armónica, en
la Iglesia «una y católica», de la rica variedad de vocaciones y condiciones de
vida, de carismas, de ministerios y de tareas y responsabilidades, como también
una más convencida y decidida colaboración de los grupos, de las asociaciones y
de los movimientos de fieles laicos en el solidario cumplimiento de la común
misión salvadora de la misma Iglesia. Esta comunión ya es en sí misma el primer
gran signo de la presencia de Cristo Salvador en el mundo; y, al mismo tiempo,
favorece y estimula la directa acción apostólica y misionera de la Iglesia.
En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, Pastores y fieles,
ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de
Cristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15), renovando su
empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido
confiada a la Iglesia: la de unanueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos
han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a
anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias
de las personas y de la sociedad.
El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre durante el Año
Mariano, ha confiado sus trabajos, de modo muy especial, a la intercesión de
María Santísima, Madre del Redentor. Y ahora confío a la misma intercesión la
fecundidad espiritual de los frutos del Sínodo. Al término de este documento
postsinodal me dirijo a la Virgen, en unión con los Padres y fieles laicos
presentes en el Sínodo y con todos los demás miembros del Pueblo de Dios. La
llamada se hace oración:
Oh Virgen santísima
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.
Contigo damos gracias a Dios,
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.
Virgen del Magnificat,
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.
Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.
En tu corazón de madre
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.
Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.
Tú que junto a los Apóstoles
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.
Virgen Madre,
guíanos y sostennos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.
guíanos y sostennos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.
Amén.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 de diciembre, fiesta de la
sagrada Familia de Jesús, María y José, del año 1988, undécimo de mi
Pontificado.
JOANNES PAULUS PP. II
(CONTINÚA EN LAS: NOTAS)