CARTA ENCÍCLICA
VERITATIS SPLENDOR
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A TODOS LOS OBISPOS
DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE ALGUNAS CUESTIONES
FUNDAMENTALES
DE LA ENSEÑANZA MORAL
DE LA IGLESIA
http://magisteriolegitimo.blogspot.mx
Introducción y Capítulo I
VERITATIS SPLENDOR
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A TODOS LOS OBISPOS
DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE ALGUNAS CUESTIONES
FUNDAMENTALES
DE LA ENSEÑANZA MORAL
DE LA IGLESIA
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Introducción y Capítulo I
Venerables hermanos en el episcopado,
salud y bendición apostólica.
salud y bendición apostólica.
El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador y, de
modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,
26), pues la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre,
que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor. Por esto el salmista
exclama: «¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal 4,
7).
INTRODUCCIÓN
Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre
1. Llamados a la salvación mediante la fe en Jesucristo, «luz verdadera
que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), los hombres llegan a ser «luz
en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef 5, 8), y se santifican
«obedeciendo a la verdad» (1 P 1, 22).
Mas esta obediencia no siempre es fácil. Debido al misterioso pecado del
principio, cometido por instigación de Satanás, que es «mentiroso y padre de la
mentira» (Jn 8, 44), el hombre es tentado continuamente a apartar
su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los ídolos (cf. 1
Ts 1, 9), cambiando «la verdad de Dios por la mentira» (Rm 1,
25); de esta manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y
debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así, abandonándose al
relativismo y al escepticismo (cf. Jn 18, 38), busca una
libertad ilusoria fuera de la verdad misma.
Pero las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente
en el hombre la luz de Dios creador. Por esto, siempre permanece en lo más
profundo de su corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar
la plenitud de su conocimiento. Lo prueba de modo elocuente la incansable
búsqueda del hombre en todo campo o sector. Lo prueba aún más su búsqueda delsentido
de la vida. El desarrollo de la ciencia y la técnica —testimonio
espléndido de las capacidades de la inteligencia y de la tenacidad de los
hombres—, no exime a la humanidad de plantearse los interrogantes religiosos
fundamentales, sino que más bien la estimula a afrontar las luchas más
dolorosas y decisivas, como son las del corazón y de la conciencia moral.
2. Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo
hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal? La respuesta es posible sólo
gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más íntimo del espíritu
humano, como dice el salmista: «Muchos dicen: "¿Quién nos hará ver la
dicha?". ¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal 4,
7).
La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro
de Jesucristo, «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15), «resplandor
de su gloria» (Hb 1, 3), «lleno de gracia y de verdad» (Jn1,
14): él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Por esto la
respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus
interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como recuerda el
concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo:
«Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había
de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma
revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre
al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación» 1.
Jesucristo, «luz de los pueblos», ilumina el rostro de su Iglesia, la
cual es enviada por él para anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,
15) 2. Así
la Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones 3,
mientras mira atentamente a los nuevos desafíos de la historia y a los
esfuerzos que los hombres realizan en la búsqueda del sentido de la vida,
ofrece a todos la respuesta que brota de la verdad de Jesucristo y de su
Evangelio. En la Iglesia está siempre viva la conciencia de su «deber
permanente de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la
luz del Evangelio, de forma que, de manera adecuada a cada generación, pueda
responder a los permanentes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la
vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas» 4.
3. Los pastores de la Iglesia, en comunión con el Sucesor de Pedro,
están siempre cercanos a los fieles en este esfuerzo, los acompañan y guían con
su magisterio, hallando expresiones siempre nuevas de amor y misericordia para
dirigirse no sólo a los creyentes sino también a todos los hombres de buena
voluntad. El concilio Vaticano II sigue siendo un testimonio privilegiado de
esta actitud de la Iglesia que, «experta en humanidad» 5, se
pone al servicio de cada hombre y de todo el mundo 6.
La Iglesia sabe que la cuestión moral incide profundamente en cada
hombre; implica a todos, incluso a quienes no conocen a Cristo, su Evangelio y
ni siquiera a Dios. Ella sabe que precisamentepor la senda de la vida moral
está abierto a todos el camino de la salvación, como lo ha recordado
claramente el concilio Vaticano II: «Los que sin culpa suya no conocen el
evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e
intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios,
conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la
salvación eterna». Y prosigue: «Dios, en su providencia, tampoco niega la ayuda
necesaria a los que, sin culpa, todavía no han llegado a conocer claramente a
Dios, pero se esfuerzan con su gracia en vivir con honradez. La Iglesia aprecia
todo lo bueno y verdadero que hay en ellos, como una preparación al Evangelio y
como un don de Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener
finalmente vida» 7.
Objeto de la presente encíclica
4. Siempre, pero sobre todo en los dos últimos siglos, los Sumos
Pontífices, ya sea personalmente o junto con el Colegio episcopal, han
desarrollado y propuesto una enseñanza moral sobre losmúltiples y diferentes
ámbitos de la vida humana. En nombre y con la autoridad de Jesucristo,
han exhortado, denunciado, explicado; por fidelidad a su misión, y
comprometiéndose en la causa del hombre, han confirmado, sostenido, consolado;
con la garantía de la asistencia del Espíritu de verdad han contribuido a una
mejor comprensión de las exigencias morales en los ámbitos de la sexualidad
humana, de la familia, de la vida social, económica y política. Su enseñanza,
dentro de la tradición de la Iglesia y de la historia de la humanidad,
representa una continua profundización del conocimiento moral 8.
Sin embargo, hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto
de la enseñanza moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar
algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto
actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a
crearseuna nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en
la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico,
social y cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las
enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones parciales y
ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas y
éticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio
moral. En la base se encuentra el influjo, más o menos velado, de corrientes de
pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relación
esencial y constitutiva con la verdad. Y así, se rechaza la doctrina
tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez
de sus preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas
morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en
cuestiones morales más que para «exhortar a las conciencias» y «proponer los
valores» en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y
opciones de vida.
Particularmente hay que destacar la discrepancia entre la
respuesta tradicional de la Iglesia y algunas posiciones teológicas —difundidas
incluso en seminarios y facultades teológicas— sobre cuestiones de
máxima importancia para la Iglesia y la vida de fe de los cristianos,
así como para la misma convivencia humana. En particular, se plantea la
cuestión de si los mandamientos de Dios, que están grabados en el corazón del
hombre y forman parte de la Alianza, son capaces verdaderamente de iluminar las
opciones cotidianas de cada persona y de la sociedad entera. ¿Es posible
obedecer a Dios y, por tanto, amar a Dios y al prójimo, sin respetar en todas
las circunstancias estos mandamientos? Está también difundida la opinión que
pone en duda el nexo intrínseco e indivisible entre fe y moral, como si sólo en
relación con la fe se debieran decidir la pertenencia a la Iglesia y su unidad
interna, mientras que se podría tolerar en el ámbito moral un pluralismo de
opiniones y de comportamientos, dejados al juicio de la conciencia subjetiva
individual o a la diversidad de condiciones sociales y culturales.
5. En ese contexto —todavía actual— he tomado la decisión de escribir
—como ya anuncié en la carta apostólica SpiritusDomini, publicada el 1
de agosto de 1987 con ocasión del segundo centenario de la muerte de san
Alfonso María de Ligorio— una encíclica destinada a tratar, «más amplia y
profundamente, las cuestiones referentes a los fundamentos mismos de la
teología moral»9,
fundamentos que sufren menoscabo por parte de algunas tendencias actuales.
Me dirijo a vosotros, venerables hermanos en el episcopado, que
compartís conmigo la responsabilidad de custodiar la «sana doctrina» (2
Tm 4, 3), con la intención de precisar algunos aspectos
doctrinales que son decisivos para afrontar la que sin duda constituye una
verdadera crisis, por ser tan graves las dificultades derivadas de
ella para la vida moral de los fieles y para la comunión en la Iglesia, así
como para una existencia social justa y solidaria.
Si esta encíclica —esperada desde hace tiempo— se publica precisamente
ahora, se debe también a que ha parecido conveniente que la precediera el Catecismo de la
Iglesia católica, el cual contiene una exposición completa
y sistemática de la doctrina moral cristiana. El Catecismo presenta la vida
moral de los creyentes en sus fundamentos y en sus múltiples contenidos como
vida de «los hijos de Dios». En él se afirma que «los cristianos, reconociendo
en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una "vida
digna del evangelio de Cristo" (Flp 1, 27). Por los
sacramentos y la oración reciben la gracia de Cristo y los dones de su Espíritu
que les capacitan para ello» 10. Por
tanto, al citar el Catecismo como «texto de referencia seguro y auténtico para
la enseñanza de la doctrina católica» 11, la
encíclica se limitará a afrontar algunas cuestiones fundamentales de la
enseñanza moral de la Iglesia, bajo la forma de un necesario
discernimiento sobre problemas controvertidos entre los estudiosos de la ética
y de la teología moral. Éste es el objeto específico de la presente encíclica,
la cual trata de exponer, sobre los problemas discutidos, las razones de una
enseñanza moral basada en la sagrada Escritura y en la Tradición viva de la
Iglesia 12,
poniendo de relieve, al mismo tiempo, los presupuestos y consecuencias de las
contestaciones de que ha sido objeto tal enseñanza.
CAPITULO I
"MAESTRO, ¿QUÉ HE DE HACER DE BUENO.....?" (Mt 19,16)
"MAESTRO, ¿QUÉ HE DE HACER DE BUENO.....?" (Mt 19,16)
Cristo y la respuesta a la pregunta
moral
«Se le acercó uno...» (Mt 19, 16)
6. El diálogo de Jesús con el joven rico, relatado por san Mateo en el
capítulo 19 de su evangelio, puede constituir un elemento útil para volver a
escuchar de modo vivo y penetrante su enseñanza moral: «Se le acercó uno y le
dijo: "Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida
eterna?". Él le dijo: "¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno
solo es el Bueno. Mas, si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos". "¿Cuáles?" le dice él. Y Jesús dijo: "No matarás,
no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu
padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo". Dícele el
joven: "Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?". Jesús le dijo:
"Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres,
y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme"» (Mt 19,
16-21) 13.
7. «Se le acercó uno...». En el joven, que el evangelio de
Mateo no nombra, podemos reconocer atodo hombre que, conscientemente
o no, se acerca a Cristo, redentor del hombre, y le formula la pregunta
moral. Para el joven, más que una pregunta sobre las reglas que hay
que observar, es una pregunta de pleno significado para la vida. En
efecto, ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda acción humana,
la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad. Esta pregunta
es, en última instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos atrae y nos
llama hacia sí; es el eco de la llamada de Dios, origen y fin de la vida del
hombre. Precisamente con esta perspectiva, el concilio Vaticano II ha invitado
a perfeccionar la teología moral, de manera que su exposición ponga de relieve
la altísima vocación que los fieles han recibido en Cristo 14, única
respuesta que satisface plenamente el anhelo del corazón humano.
Para que los hombres puedan realizar este «encuentro» con Cristo, Dios
ha querido su Iglesia. En efecto, ella «desea servir solamente
para este fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que Cristo
pueda recorrer con cada uno el camino de la vida» 15.
«Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida
eterna?» (Mt 19, 16)
8. Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico
dirige a Jesús de Nazaret:una pregunta esencial e ineludible para la vida de
todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a
la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el
bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino. Él es un israelita
piadoso que ha crecido, diríamos, a la sombra de la Ley del Señor. Si plantea
esta pregunta a Jesús, podemos imaginar que no lo hace porque ignora la
respuesta contenida en la Ley. Es más probable que la fascinación por la
persona de Jesús haya hecho que surgieran en él nuevos interrogantes en torno
al bien moral. Siente la necesidad de confrontarse con aquel que había iniciado
su predicación con este nuevo y decisivo anuncio: «El tiempo se ha cumplido y
el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1,
15).
Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para
obtener de él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro, el
Resucitado que tiene en sí mismo la vida y que está siempre presente en su
Iglesia y en el mundo. Es él quien desvela a los fieles el libro de las
Escrituras y, revelando plenamente la voluntad del Padre, enseña la verdad
sobre el obrar moral. Fuente y culmen de la economía de la salvación, Alfa y
Omega de la historia humana (cf. Ap 1, 8; 21, 6; 22, 13),
Cristo revela la condición del hombre y su vocación integral. Por esto, «el
hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —y no sólo según
pautas y medidas de su propio ser, que son inmediatas, parciales, a veces
superficiales e incluso aparentes—, debe, con su inquietud, incertidumbre e
incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte,
acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en él con todo su ser, debeapropiarse y
asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse
a sí mismo. Si se realiza en él este hondo proceso, entonces da frutos no sólo
de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo» 16.
Si queremos, pues, penetrar en el núcleo de la moral evangélica y
comprender su contenido profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente
el sentido de la pregunta hecha por el joven rico del evangelio y, más aún, el
sentido de la respuesta de Jesús, dejándonos guiar por él. En efecto, Jesús,
con delicada solicitud pedagógica, responde llevando al joven como de la mano,
paso a paso, hacia la verdad plena.
«Uno solo es el Bueno» (Mt 19, 17)
9. Jesús dice: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el
Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,
17). En las versiones de los evangelistas Marcos y Lucas la pregunta es
formulada así: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10,
18; cf. Lc 18, 19).
Antes de responder a la pregunta, Jesús quiere que el joven se aclare a
sí mismo el motivo por el que lo interpela. El «Maestro bueno» indica a su
interlocutor —y a todos nosotros— que la respuesta a la pregunta, «¿qué he de
hacer de bueno para conseguir la vida eterna?», sólo puede encontrarse
dirigiendo la mente y el corazón al único que es Bueno: «Nadie es bueno sino
sólo Dios» (Mc 10, 18; cf. Lc 18, 19). Sólo
Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el Bien. En
efecto, interrogarse sobre el bien significa, en último término,
dirigirse a Dios, que es plenitud de la bondad. Jesús muestra que la
pregunta del joven es, en realidad, una pregunta religiosa y
que la bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en
Dios, más aún, es Dios mismo: el Único que es digno de ser amado «con todo el
corazón, con toda el alma y con toda la mente» (cf. Mt 22,
37),
Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre. Jesús relaciona la
cuestión de la acción moralmente buena con sus raíces religiosas, con el
reconocimiento de Dios, única bondad, plenitud de la vida, término último del
obrar humano, felicidad perfecta.
10. La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el
hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y
santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin
último de su vida ser «alabanza de la gloria» de Dios (cf. Ef 1,
12), haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor. «Conócete
a ti misma, alma hermosa: tú eres la imagen de Dios —escribe
san Ambrosio—. Conócete a ti mismo, hombre: tú eres la gloria de Dios (1
Co 11, 7). Escucha de qué modo eres su gloria. Dice el profeta: Tu
ciencia es misteriosa para mí (Sal 138, 6), es decir: tu
majestad es más admirable en mi obra, tu sabiduría es exaltada en la mente del
hombre. Mientras me considero a mí mismo, a quien tú escrutas en los secretos
pensamientos y en los sentimientos íntimos, reconozco los misterios de tu
ciencia. Por tanto, conócete a ti mismo, hombre, lo grande que eres y vigila
sobre ti...» 17.
Aquello que es el hombre y lo que debe hacer se manifiesta en el momento
en el cual Dios se revela a sí mismo. En efecto, el Decálogo se fundamenta
sobre estas palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado del país de
Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí»
(Ex 20, 2-3). En las «diez palabras» de la Alianza con Israel, y en
toda la Ley, Dios se hace conocer y reconocer como el único que es «Bueno»;
como aquel que, a pesar del pecado del hombre, continúa siendo el modelo del
obrar moral, según su misma llamada: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro
Dios, soy santo» (Lv 19, 2); como Aquel que, fiel a su amor por el
hombre, le da su Ley (cf. Ex 19, 9-24; 20, 18-21) para
restablecer la armonía originaria con el Creador y todo lo creado, y aún más,
para introducirlo en su amor: «Caminaré en medio de vosotros, y seré vuestro
Dios, y vosotros seréis mi pueblo» (Lv 26, 12).
La vida moral se presenta como la respuesta debida a las
iniciativas gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor del hombre. Es
una respuesta de amor, según el enunciado del mandamiento
fundamental que hace el Deuteronomio: «Escucha, Israel: el
Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estos preceptos
que yo te dicto hoy. Se los repetirás a tus hijos» (Dt6, 4-7). Así, la
vida moral, inmersa en la gratuidad del amor de Dios, está llamada a reflejar
su gloria: «Para quien ama a Dios es suficiente agradar a Aquel que él ama, ya
que no debe buscarse ninguna otra recompensa mayor al mismo amor; en efecto, la
caridad proviene de Dios de tal manera que Dios mismo es caridad» 18.
11. La afirmación de que «uno solo es el Bueno» nos remite así a la
«primera tabla» de los mandamientos, que exige reconocer a Dios como Señor
único y absoluto, y a darle culto solamente a él porque es infinitamente santo
(cf. Ex 20, 2-11). El bien es pertenecer a Dios,
obedecerle,caminar humildemente con él practicando la justicia y amando la
piedad (cf. Mi 6, 8).Reconocer al Señor como Dios es el
núcleo fundamental, el corazón de la Ley, del que derivan y al que se
ordenan los preceptos particulares. Mediante la moral de los mandamientos se
manifiesta la pertenencia del pueblo de Israel al Señor, porque sólo Dios es
aquel que es «Bueno». Éste es el testimonio de la sagrada Escritura, cuyas
páginas están penetradas por la viva percepción de la absoluta santidad de
Dios: «Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos» (Is 6, 3).
Pero si Dios es el Bien, ningún esfuerzo humano, ni siquiera la
observancia más rigurosa de los mandamientos, logra cumplir la
Ley, es decir, reconocer al Señor como Dios y tributarle la adoración que a él
solo es debida (cf. Mt 4, 10). El «cumplimiento» puede
lograrse sólo como un don de Dios: es el ofrecimiento de una participación
en la bondad divina que se revela y se comunica en Jesús, aquel a quien el
joven rico llama con las palabras «Maestro bueno» (Mc 10, 17;Lc 18,
18). Lo que quizás en ese momento el joven logra solamente intuir será
plenamente revelado al final por Jesús mismo con la invitación «ven, y sígueme»
(Mt 19, 21).
«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17)
12. Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque él es
el Bien. Pero Dios ya respondió a esta pregunta: lo hizo creando al
hombre y ordenándolo a su fin con sabiduría y amor, mediante la ley
inscrita en su corazón (cf. Rm 2, 15), la «ley natural». Ésta
«no es más que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios.
Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios dio
esta luz y esta ley en la creación» 19.
Después lo hizo en la historia de Israel, particularmente con
las «diez palabras», o sea, con los mandamientos del Sinaí, mediante
los cuales él fundó el pueblo de la Alianza (cf. Ex 24) y lo
llamó a ser su «propiedad personal entre todos los pueblos», «una nación santa»
(Ex 19, 5-6), que hiciera resplandecer su santidad entre todas las
naciones (cf. Sb 18, 4; Ez 20, 41). La entrega
del Decálogo es promesa y signo de la alianza nueva, cuando la
ley será escrita nuevamente y de modo definitivo en el corazón del hombre
(cf. Jr 31, 31-34), para sustituir la ley del pecado, que
había desfigurado aquel corazón (cf. Jr 17, 1). Entonces será
dado «un corazón nuevo» porque en él habitará «un espíritu nuevo», el Espíritu
de Dios (cf. Ez 36, 24-28) 20.
Por esto, y tras precisar que «uno solo es el Bueno», Jesús responde al
joven: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,
17). De este modo, se enuncia una estrecha relación entre la vida
eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: los mandamientos
indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen. Por boca del
mismo Jesús, nuevo Moisés, los mandamientos del Decálogo son nuevamente dados a
los hombres; él mismo los confirma definitivamente y nos los propone como
camino y condición de salvación. El mandamiento se vincula con una
promesa: en la antigua alianza el objeto de la promesa era la posesión
de la tierra en la que el pueblo gozaría de una existencia libre y según
justicia (cf. Dt 6, 20-25); en la nueva alianza el objeto de
la promesa es el «reino de los cielos», tal como lo afirma Jesús al comienzo
del «Sermón de la montaña» —discurso que contiene la formulación más amplia y
completa de la Ley nueva (cf. Mt 5-7)—, en clara conexión con
el Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. A esta misma
realidad del reino se refiere la expresión vida eterna, que es
participación en la vida misma de Dios; aquélla se realiza en toda su
perfección sólo después de la muerte, pero, desde la fe, se convierte ya desde
ahora en luz de la verdad, fuente de sentido para la vida, incipiente
participación de una plenitud en el seguimiento de Cristo. En efecto, Jesús
dice a sus discípulos después del encuentro con el joven rico: «Todo aquel que
haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi
nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19,
29).
13. La respuesta de Jesús no le basta todavía al joven, que insiste
preguntando al Maestro sobre los mandamientos que hay que observar:
«"¿Cuáles?", le dice él» (Mt 19, 18). Le interpela sobre
qué debe hacer en la vida para dar testimonio de la santidad de Dios. Tras
haber dirigido la atención del joven hacia Dios, Jesús le recuerda los
mandamientos del Decálogo que se refieren al prójimo: «No matarás, no cometerás
adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu
madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». (Mt 19, 18-19).
Por el contexto del coloquio y, especialmente, al comparar el texto de
Mateo con las perícopas paralelas de Marcos y de Lucas, aparece que Jesús no
pretende detallar todos y cada uno de los mandamientos necesarios para «entrar
en la vida» sino, más bien, indicar al joven la «centralidad» del
Decálogo respecto a cualquier otro precepto, como interpretación de lo
que para el hombre significa «Yo soy el Señor tu Dios». Sin embargo, no nos
pueden pasar desapercibidos los mandamientos de la Ley que el Señor recuerda al
joven: son determinados preceptos que pertenecen a la llamada «segunda tabla»
del Decálogo, cuyo compendio (cf. Rm 13, 8-10) y fundamento
es el mandamiento del amor al prójimo: «Ama a tu prójimo como
a ti mismo» (Mt19, 19; cf. Mc 12, 31). En este precepto
se expresa precisamente la singular dignidad de la persona
humana, la cual es la «única criatura en la tierra a la que Dios ha
amado por sí misma» 21. En
efecto, los diversos mandamientos del Decálogo no son más que la refracción del
único mandamiento que se refiere al bien de la persona, como compendio de los
múltiples bienes que connotan su identidad de ser espiritual y corpóreo, en
relación con Dios, con el prójimo y con el mundo material. Como leemos en
el Catecismo de la Iglesia católica, «los diez mandamientos
pertenecen a la revelación de Dios. Nos enseñan al mismo tiempo la verdadera
humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto,
indirectamente, los derechos fundamentales, inherentes a la naturaleza de la
persona humana» 22.
Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor, están
destinados a tutelar el biende la persona humana, imagen de Dios, a
través de la tutela de sus bienes particulares. El «no
matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio»,
son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos
negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la
vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad
privada, la veracidad y la buena fama.
Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al
prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera
etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. «La primera
libertad —dice san Agustín— consiste en estar exentos de crímenes..., como
serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el
sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos
crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la
libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad
perfecta...» 23.
14. Todo ello no significa que Cristo pretenda dar la precedencia al
amor al prójimo o separarlo del amor a Dios. Esto lo confirma su diálogo con el
doctor de la ley, el cual hace una pregunta muy parecida a la del joven. Jesús
le remite a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al
prójimo (cf. Lc 10, 25-27) y le invita a recordar que
sólo su observancia lleva a la vida eterna: «Haz eso y vivirás» (Lc 10,
28). Es, pues, significativo que sea precisamente el segundo de estos
mandamientos el que suscite la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley:
«¿Quién es mi prójimo?» (Lc 10, 29). El Maestro responde con la
parábola del buen samaritano, la parábola-clave para la plena comprensión del
mandamiento del amor al prójimo (cf. Lc 10, 30-37).
Los dos mandamientos, de los cuales «penden toda la Ley y los profetas»
(Mt 22, 40), están profundamente unidos entre sí y se compenetran
recíprocamente. De su unidad inseparable da testimonio Jesús
con sus palabras y su vida: su misión culmina en la cruz que redime (cf. Jn 3,
14-15), signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad (cf. Jn 13,
1).
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son explícitos en afirmar
que sin el amor al prójimo,que se concreta en la observancia de los
mandamientos, no es posible el auténtico amor a Dios.San Juan lo
afirma con extraordinario vigor: «Si alguno dice: "Amo a Dios", y
aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien
ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (Jn 4, 20). El evangelista
se hace eco de la predicación moral de Cristo, expresada de modo admirable e
inequívoco en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,
30-37) y en el «discurso» sobre el juicio final (cf. Mt 25,
31-46).
15. En el «Sermón de la montaña», que constituye la carta magna de
la moral evangélica 24, Jesús
dice: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los profetas. No he venido a
abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17). Cristo es la clave de
las Escrituras: «Vosotros investigáis las Escrituras, ellas son las que dan
testimonio de mí» (cf. Jn 5, 39); él es el centro de la
economía de la salvación, la recapitulación del Antiguo y del Nuevo Testamento,
de las promesas de la Ley y de su cumplimiento en el Evangelio; él es el
vínculo viviente y eterno entre la antigua y la nueva alianza. Por su parte,
san Ambrosio, comentando el texto de Pablo en que dice: «el fin de la ley es
Cristo» (Rm 10, 4), afirma que es «fin no en cuanto defecto, sino
en cuanto plenitud de la ley; la cual se cumple en Cristo (plenitudolegis in
Christoest), porque él no vino a abolir la ley, sino a darle cumplimiento.
Al igual que, aunque existe un Antiguo Testamento, toda verdad está contenida
en el Nuevo, así ocurre con la ley: la que fue dada por medio de Moisés es
figura de la verdadera ley. Por tanto, la mosaica es imagen de la verdad» 25.
Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios —en particular, el
mandamiento del amor al prójimo—, interiorizando y radicalizando sus
exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que
ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las
mayores exigencias.Jesús muestra que los mandamientos no deben ser
entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda
abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior
es el amor (cf. Col 3, 14). Así, el mandamiento «No matarás»,
se transforma en la llamada a un amor solícito que tutela e impulsa la vida del
prójimo; el precepto que prohíbe el adulterio, se convierte en la invitación a
una mirada pura, capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo: «Habéis
oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante
el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice
contra su hermano, será reo ante el tribunal... Habéis oído que se dijo: No
cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una
mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,
21-22. 27-28). Jesús mismo es el «cumplimiento» vivo de la Ley, ya que él
realiza su auténtico significado con el don total de sí mismo; él mismo
se hace Ley viviente y personal, que invita a su seguimiento, da,
mediante el Espíritu, la gracia de compartir su misma vida y su amor, e infunde
la fuerza para dar testimonio del amor en las decisiones y en las obras
(cf. Jn 13, 34-35).
«Si quieres ser perfecto» (Mt 19, 21)
16. La respuesta sobre los mandamientos no satisface al joven, que de
nuevo pregunta a Jesús: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?» (Mt 19,
20). No es fácil decir con la conciencia tranquila «todo eso lo he guardado»,
si se comprende todo el alcance de las exigencias contenidas en la Ley de Dios.
Sin embargo, aunque el joven rico sea capaz de dar una respuesta tal; aunque de
verdad haya puesto en práctica el ideal moral con seriedad y generosidad desde
la infancia, él sabe que aún está lejos de la meta; en efecto, ante la persona
de Jesús se da cuenta de que todavía le falta algo. Jesús, en su última
respuesta, se refiere a esa conciencia de que aún falta algo:
comprendiendo la nostalgia de una plenitud que supere la interpretación
legalista de los mandamientos, el Maestro bueno invita al joven a
emprender el camino de la perfección: «Si quieres ser
perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro
en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21).
Al igual que el fragmento anterior, también éste debe ser leído e
interpretado en el contexto de todo el mensaje moral del Evangelio y,
especialmente, en el contexto del Sermón de la montaña, de las bienaventuranzas
(cf. Mt 5, 3-12), la primera de las cuales es precisamente la
de los pobres, los «pobres de espíritu», como precisa san Mateo (Mt 5,
3), esto es, los humildes. En este sentido, se puede decir que también las bienaventuranzas
pueden ser encuadradas en el amplio espacio que se abre con la respuesta que da
Jesús a la pregunta del joven: «¿qué he de hacer de bueno para conseguir la
vida eterna?». En efecto, cada bienaventuranza, desde su propia perspectiva,
promete precisamente aquel bien que abre al hombre a la vida
eterna; más aún, que es la misma vida eterna.
Las bienaventuranzas no tienen propiamente como objeto unas
normas particulares de comportamiento, sino que se refieren a actitudes y
disposiciones básicas de la existencia y, por consiguiente, no
coinciden exactamente con los mandamientos. Por otra parte, no
hay separación o discrepancia entre las bienaventuranzas y los
mandamientos: ambos se refieren al bien, a la vida eterna. El Sermón de la
montaña comienza con el anuncio de las bienaventuranzas, pero hace también
referencia a los mandamientos (cf. Mt 5, 20-48). Además, el
Sermón muestra la apertura y orientación de los mandamientos con la perspectiva
de la perfección que es propia de las bienaventuranzas. Éstas son, ante
todo, promesas de las que también se derivan, de forma
indirecta, indicaciones normativas para la vida moral. En su
profundidad original son una especie de autorretrato de Cristo y,
precisamente por esto, son invitaciones a su seguimiento y a la
comunión de vida con él 26.
17. No sabemos hasta qué punto el joven del evangelio comprendió el
contenido profundo y exigente de la primera respuesta dada por Jesús: «Si
quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos»; sin embargo, es cierto que
la afirmación manifestada por el joven de haber respetado todas las exigencias
morales de los mandamientos constituye el terreno indispensable sobre el que
puede brotar y madurar el deseo de la perfección, es decir, la realización de
su significado mediante el seguimiento de Cristo. El coloquio de Jesús con el
joven nos ayuda a comprender las condiciones para el crecimiento moral
del hombre llamado a la perfección: el joven, que ha observado todos
los mandamientos, se muestra incapaz de dar el paso siguiente sólo con sus
fuerzas. Para hacerlo se necesita una libertad madura («si quieres») y el don
divino de la gracia («ven, y sígueme»).
La perfección exige aquella madurez en el darse a sí mismo, a que está
llamada la libertad del hombre. Jesús indica al joven los mandamientos
como la primera condición irrenunciable para conseguir la vida eterna; el
abandono de todo lo que el joven posee y el seguimiento del Señor asumen, en
cambio, el carácter de una propuesta: «Si quieres...». La palabra de Jesús
manifiesta la dinámica particular del crecimiento de la libertad hacia su
madurez y, al mismo tiempo, atestigua la relación fundamental de la
libertad con la ley divina. La libertad del hombre y la ley de Dios no
se oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente. El discípulo de Cristo
sabe que la suya es una vocación a la libertad. «Hermanos, habéis sido llamados
a la libertad» (Ga 5, 13), proclama con alegría y decisión el
apóstol Pablo. Pero, a continuación, precisa: «No toméis de esa libertad
pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los
otros» (ib.). La firmeza con la cual el Apóstol se opone a quien confía
la propia justificación a la Ley, no tiene nada que ver con la «liberación» del
hombre con respecto a los preceptos, los cuales, en verdad, están al servicio del
amor: «Pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No
adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás, y todos los demás
preceptos, se resumen en esta fórmula:Amarás a tu prójimo como a ti
mismo» (Rm 13, 8-9). El mismo san Agustín, después de
haber hablado de la observancia de los mandamientos como de la primera libertad
imperfecta, prosigue así: «¿Por qué, preguntará alguno, no perfecta todavía?
Porque "siento en mis miembros otra ley en conflicto con la ley de mi
razón"... Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es aún
completa, aún no es pura ni plena porque todavía no estamos en la eternidad.
Conservamos en parte la debilidad y en parte hemos alcanzado la libertad. Todos
nuestros pecados han sido borrados en el bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido
la debilidad después de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera
desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra. ¿Quién osará afirmar esto
sino el soberbio, el indigno de la misericordia del liberador?... Mas, como nos
ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que
sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley
del pecado somos esclavos» 27.
18. Quien «vive según la carne» siente la ley de Dios como un peso, más
aún, como una negación o, de cualquier modo, como una restricción de la propia
libertad. En cambio, quien está movido por el amor y «vive según el Espíritu» (Ga 5,
16), y desea servir a los demás, encuentra en la ley de Dios el camino
fundamental y necesario para practicar el amor libremente elegido y vivido. Más
aún, siente la urgencia interior —una verdadera y propia necesidad, y
no ya una constricción— de no detenerse ante las exigencias mínimas de la ley,
sino de vivirlas en su plenitud. Es un camino todavía incierto
y frágil mientras estemos en la tierra, pero que la gracia hace posible al
darnos la plena «libertad de los hijos de Dios» (cf. Rm 8, 21)
y, consiguientemente, la capacidad de poder responder en la vida moral a la
sublime vocación de ser «hijos en el Hijo».
Esta vocación al amor perfecto no está reservada de modo exclusivo a una
élite de personas. La invitación: «anda, vende lo que tienes y
dáselo a los pobres», junto con la promesa: «tendrás un tesoro en los
cielos», se dirige a todos, porque es una radicalización del
mandamiento del amor al prójimo. De la misma manera, la siguiente invitación:
«ven y sígueme», es la nueva forma concreta del mandamiento del amor a Dios. Los
mandamientos y la invitación de Jesús al joven rico están al servicio de una
única e indivisible caridad, que espontáneamente tiende a la perfección, cuya
medida es Dios mismo: «Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro
Padre celestial» (Mt 5, 48). En el evangelio de Lucas, Jesús
precisa aún más el sentido de esta perfección: «Sed misericordiosos, como
vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36).
«Ven, y sígueme» (Mt 19, 21)
19. El camino y, a la vez, el contenido de esta perfección consiste en
la sequela Christi, en el seguimiento de Jesús, después de
haber renunciado a los propios bienes y a sí mismos. Precisamente ésta es la
conclusión del coloquio de Jesús con el joven: «luego ven, y sígueme» (Mt19,
21). Es una invitación cuya profundidad maravillosa será entendida plenamente
por los discípulos después de la resurrección de Cristo, cuando el Espíritu
Santo los guiará hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13).
Es Jesús mismo quien toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada
está dirigida sobre todo a aquellos a quienes confía una misión particular,
empezando por los Doce; pero también es cierto que la condición de todo
creyente es ser discípulo de Cristo (cf.Hch 6, 1). Por esto, seguir
a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana: como
el pueblo de Israel seguía a Dios, que lo guiaba por el desierto hacia la
tierra prometida (cf. Ex 13, 21), así el discípulo debe seguir
a Jesús, hacia el cual lo atrae el mismo Padre (cf. Jn 6, 44).
No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un
mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona
misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su
obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre. El discípulo de Jesús,
siguiendo, mediante la adhesión por la fe, a aquél que es la Sabiduría
encarnada, se hace verdaderamente discípulo de Dios (cf. Jn 6,
45). En efecto, Jesús es la luz del mundo, la luz de la vida (cf. Jn 8,
12); es el pastor que guía y alimenta a las ovejas (cf. Jn 10,
11-16), es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6), es
aquel que lleva hacia el Padre, de tal manera que verle a él, al Hijo, es ver
al Padre (cf. Jn 14, 6-10). Por eso, imitar al Hijo, «imagen
de Dios invisible» (Col 1, 15), significa imitar al Padre.
20. Jesús pide que le sigan y le imiten en el camino del amor,
de un amor que se da totalmente a los hermanos por amor de Dios: «Éste
es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,
12). Este «como» exige la imitación de Jesús, laimitación de
su amor, cuyo signo es el lavatorio de los pies: «Pues si yo, el Señor y el
Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a
otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo
he hecho con vosotros» (Jn 13, 14-15). El modo de actuar de Jesús y
sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la regla moral de la
vida cristiana. En efecto, estas acciones suyas y, de modo particular, el acto
supremo de su pasión y muerte en la cruz, son la revelación viva de su amor al
Padre y a los hombres. Éste es el amor que Jesús pide que imiten cuantos le
siguen. Es el mandamiento «nuevo»: «Os doy un mandamiento
nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he
amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán
todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,
34-35).
Este como indica también la medida con
la que Jesús ha amado y con la que deben amarse sus discípulos entre sí.
Después de haber dicho: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a
los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12), Jesús
prosigue con las palabras que indican el don sacrificial de su vida en la cruz,
como testimonio de un amor «hasta el extremo» (Jn 13, 1): «Nadie
tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
Jesús, al llamar al joven a seguirle en el camino de la perfección, le
pide que sea perfecto en el mandamiento del amor, en su mandamiento:
que se inserte en el movimiento de su entrega total, que imite y reviva el
mismo amor del Maestro bueno, de aquel que ha amado hasta
el extremo. Esto es lo que Jesús pide a todo hombre que quiere seguirlo:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y
sígame» (Mt 16, 24).
21. Seguir a Cristo no es una imitación exterior,
porque afecta al hombre en su interioridad más profunda. Ser discípulo de Jesús
significa hacerse conforme a él, que se hizo servidor de todos
hasta el don de sí mismo en la cruz (cf. Flp 2, 5-8). Mediante
la fe, Cristo habita en el corazón del creyente (cf. Ef 3,
17), el discípulo se asemeja a su Señor y se configura con él; lo cual es fruto
de la gracia, de la presencia operante del Espíritu Santo en nosotros.
Inserido en Cristo, el cristiano se convierte en miembro de su
Cuerpo, que es la Iglesia (cf. 1 Co12, 13. 27). Bajo el
impulso del Espíritu, el bautismo configura radicalmente al
fiel con Cristo en el misterio pascual de la muerte y resurrección, lo
«reviste» de Cristo (cf. Ga 3, 27): «Felicitémonos y demos
gracias —dice san Agustín dirigiéndose a los bautizados—: hemos llegado a ser
no solamente cristianos, sino el propio Cristo (...). Admiraos y regocijaos:
¡hemos sido hechos Cristo!» 28. El
bautizado, muerto al pecado, recibe la vida nueva (cf. Rm 6,
3-11): viviendo por Dios en Cristo Jesús, es llamado a caminar según el
Espíritu y a manifestar sus frutos en la vida (cf.Ga 5, 16-25). La
participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza
(cf. 1 Co11, 23-29), es el culmen de la asimilación a Cristo,
fuente de «vida eterna» (cf. Jn 6, 51-58), principio y fuerza
del don total de sí mismo, del cual Jesús —según el testimonio dado por Pablo—
manda hacer memoria en la celebración y en la vida: «Cada vez que coméis este
pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1
Co 11, 26).
«Para Dios todo es posible» (Mt 19, 26)
22. La conclusión del coloquio de Jesús con el joven rico es amarga: «Al
oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos
bienes» (Mt 19, 22). No sólo el hombre rico, sino también los
mismos discípulos se asustan de la llamada de Jesús al seguimiento, cuyas
exigencias superan las aspiraciones y las fuerzas humanas: «Al oír esto, los
discípulos, llenos de asombro, decían: "Entonces, ¿quién se podrá
salvar?"» (Mt 19, 25). Pero el Maestro pone ante los
ojos el poder de Dios: «Para los hombres eso es imposible, mas para
Dios todo es posible» (Mt 19, 26).
En el mismo capítulo del evangelio de Mateo (19, 3-10), Jesús,
interpretando la ley mosaica sobre el matrimonio, rechaza el derecho al
repudio, apelando a un principio más originario y autorizado
respecto a la ley de Moisés: el designio primordial de Dios sobre el hombre, un
designio al que el hombre se ha incapacitado después del pecado: «Moisés,
teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a
vuestras mujeres; pero al principio no fue así» (Mt 19, 8). La
apelación al principio asusta a los discípulos, que comentan
con estas palabras: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no
trae cuenta casarse» (Mt 19, 10). Y Jesús, refiriéndose
específicamente al carisma del celibato «por el reino de los cielos» (Mt 19,
12), pero enunciando ahora una ley general, remite a la nueva y sorprendente
posibilidad abierta al hombre por la gracia de Dios: «Él les dijo: "No
todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha
concedido"» (Mt 19, 11).
Imitar y revivir el amor de Cristo no es posible para el hombre con sus
solas fuerzas. Se hacecapaz de este amor sólo gracias a un don
recibido. Lo mismo que el Señor Jesús recibe el amor de su Padre, así,
a su vez, lo comunica gratuitamente a los discípulos: «Como el Padre me amó, yo
también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15,
9). El don de Cristo es su Espíritu, cuyo primer «fruto»
(cf. Ga 5, 22) es la caridad: «El amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,
5). San Agustín se pregunta: «¿Es el amor el que nos hace observar los
mandamientos, o bien es la observancia de los mandamientos la que hace nacer el
amor?». Y responde: «Pero ¿quién puede dudar de que el amor precede a la
observancia? En efecto, quien no ama está sin motivaciones para guardar los
mandamientos» 29.
23. «La ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la
ley del pecado y de la muerte» (Rm 8, 2). Con estas palabras el
apóstol Pablo nos introduce a considerar en la perspectiva de la historia de la
salvación que se cumple en Cristo la relación entre la ley (antigua) y
la gracia (ley nueva). Él reconoce la función pedagógica de la ley, la
cual, al permitirle al hombre pecador valorar su propia impotencia y quitarle
la presunción de la autosuficiencia, lo abre a la invocación y a la acogida de
la «vida en el Espíritu». Sólo en esta vida nueva es posible practicar los
mandamientos de Dios. En efecto, es por la fe en Cristo como somos justificados
(cf. Rm 3, 28): la justicia que la ley exige,
pero que ella no puede dar, la encuentra todo creyente manifestada y concedida
por el Señor Jesús. De este modo san Agustín sintetiza admirablemente la
dialéctica paulina entre ley y gracia: «Por esto, la ley ha sido dada para que
se implorase la gracia; la gracia ha sido dada para que se observase la
ley» 30.
El amor y la vida según el Evangelio no pueden proponerse ante todo bajo
la categoría de precepto, porque lo que exigen supera las fuerzas del hombre.
Sólo son posibles como fruto de un don de Dios, que sana, cura y transforma el
corazón del hombre por medio de su gracia: «Porque la ley fue dada por medio de
Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1,
17). Por esto, la promesa de la vida eterna está vinculada al don de la gracia,
y el don del Espíritu que hemos recibido es ya «prenda de nuestra herencia» (Ef 1,
14).
24. De esta manera, se manifiesta el rostro verdadero y original del
mandamiento del amor y de la perfección a la que está ordenado; se trata de
una posibilidad abierta al hombre exclusivamente por la gracia, por
el don de Dios, por su amor. Por otra parte, precisamente la conciencia de
haber recibido el don, de poseer en Jesucristo el amor de Dios, genera y
sostiene la respuesta responsable de un amor pleno hacia Dios
y entre los hermanos, como recuerda con insistencia el apóstol san Juan en su
primera carta: «Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y
todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido
a Dios, porque Dios es Amor... Queridos, si Dios nos amó de esta manera,
también nosotros debemos amarnos unos a otros... Nosotros amemos, porque él nos
amó primero» (1 Jn 4, 7-8. 11. 19).
Esta relación inseparable entre la gracia del Señor y la libertad del
hombre, entre el don y la tarea, ha sido expresada en términos sencillos y
profundos por san Agustín, que oraba de esta manera:«Da quodiubes et
iubequod vis» (Da lo que mandas y manda lo que quieras) 31.
El don no disminuye, sino que refuerza la exigencia moral del
amor: «Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo,
Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó» (1 Jn 3,
23). Se puede permanecer en el amor sólo bajo la condición de
que se observen los mandamientos, como afirma Jesús: «Si guardáis mis
mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de
mi Padre, y permanezco en su amor» (Jn 15, 10).
Resumiendo lo que constituye el núcleo del mensaje moral de Jesús y de
la predicación de los Apóstoles, y volviendo a ofrecer en admirable síntesis la
gran tradición de los Padres de Oriente y de Occidente —en particular san
Agustín 32—,
santo Tomás afirma que la Ley nueva es la gracia del
Espíritu Santo dada mediante la fe en Cristo 33.
Los preceptos externos, de los que también habla el evangelio, preparan para
esta gracia o difunden sus efectos en la vida. En efecto, la Ley nueva no se
contenta con decir lo que se debe hacer, sino que otorga también la fuerza para
«obrar la verdad» (cf. Jn 3, 21). Al mismo tiempo, san Juan
Crisóstomo observa que la Ley nueva fue promulgada precisamente cuando el
Espíritu Santo bajó del cielo el día de Pentecostés y que los Apóstoles «no
bajaron del monte llevando, como Moisés, tablas de piedra en sus manos, sino
que volvían llevando al Espíritu Santo en sus corazones..., convertidos,
mediante su gracia, en una ley viva, en un libro animado» 34.
«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo» (Mt 28, 20)
25. El coloquio de Jesús con el joven rico continúa, en
cierto sentido, en cada época de la historia; también hoy. La
pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?»
brota en el corazón de todo hombre, y es siempre y sólo Cristo quien ofrece la
respuesta plena y definitiva. El Maestro que enseña los mandamientos de Dios,
que invita al seguimiento y da la gracia para una vida nueva, está siempre
presente y operante en medio de nosotros, según su promesa: «He aquí que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,
20).La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se
realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por esto el Señor prometió a
sus discípulos el Espíritu Santo, que les «recordaría» y les haría comprender
sus mandamientos (cf. Jn 14, 26), y, al mismo tiempo, sería el
principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3,
5-8; Rm 8, 1-13).
Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la antigua alianza y
perfeccionadas en la nueva y eterna en la persona misma del Hijo de Dios hecho
hombre, deben ser custodiadas fielmente y actualizadas
permanentemente en las diferentes culturas a lo largo de la historia.
La tarea de su interpretación ha sido confiada por Jesús a los Apóstoles y a
sus sucesores, con la asistencia especial del Espíritu de la verdad: «Quien a
vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16). Con la luz y la
fuerza de este Espíritu, los Apóstoles cumplieron la misión de predicar el
Evangelio y señalar el «camino» del Señor (cf. Hch 18, 25),
enseñando ante todo el seguimiento y la imitación de Cristo: «Para mí la vida
es Cristo» (Flp 1, 21).
26. En la catequesis moral de los Apóstoles, junto a
exhortaciones e indicaciones relacionadas con el contexto histórico y cultural,
hay una enseñanza ética con precisas normas de comportamiento. Es cuanto emerge
en sus cartas, que contienen la interpretación —bajo la guía del Espíritu
Santo— de los preceptos del Señor que hay que vivir en las diversas
circunstancias culturales (cf. Rm 12, 15; 1 Co 11-14; Ga 5-6; Ef 4-6; Col 3-4; 1
P y St ). Encargados de predicar el Evangelio, los Apóstoles,
en virtud de su responsabilidad pastoral, vigilaron, desde los
orígenes de la Iglesia, sobre la recta conducta de los cristianos 35, a
la vez que vigilaron sobre la pureza de la fe y la transmisión de los dones
divinos mediante los sacramentos 36. Los
primeros cristianos, provenientes tanto del pueblo judío como de la gentilidad,
se diferenciaban de los paganos no sólo por su fe y su liturgia, sino también
por el testimonio de su conducta moral, inspirada en la Ley nueva37. En
efecto, la Iglesia es a la vez comunión de fe y de vida; su norma es «la fe que
actúa por la caridad» (Ga 5, 6).
Ninguna laceración debe atentar contra la armonía entre la fe y
la vida: la unidad de la Iglesiaes herida no sólo por los cristianos que
rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que desconocen
las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf. 1
Co 5, 9-13). Los Apóstoles rechazaron con decisión toda disociación
entre el compromiso del corazón y las acciones que lo expresan y demuestran
(cf. 1 Jn 2, 3-6). Y desde los tiempos apostólicos, los
pastores de la Iglesia han denunciado con claridad los modos de actuar de
aquellos que eran instigadores de divisiones con sus enseñanzas o sus
comportamientos 38.
27. Promover y custodiar, en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida
moral es la misión confiada por Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28,
19-20), la cual se continúa en el ministerio de sus sucesores. Es cuanto se
encuentra en la Tradición viva, mediante la cual —como afirma
el concilio Vaticano II— «la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto,
conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree. Esta Tradición
apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo»39. En
el Espíritu, la Iglesia acoge y transmite la Escritura como testimonio de
las maravillas que Dios ha hecho en la historia (cf. Lc 1,
49), confiesa la verdad del Verbo hecho carne con los labios de los Padres y de
los doctores, practica sus preceptos y la caridad en la vida de los santos y de
las santas, y en el sacrificio de los mártires, celebra su esperanza en la
liturgia. Mediante la Tradición los cristianos reciben «la voz viva del
Evangelio» 40, como
expresión fiel de la sabiduría y de la voluntad divina.
Dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu
Santo, la interpretación auténtica de la ley del Señor. El
mismo Espíritu, que está en el origen de la Revelación, de los mandamientos y
de las enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente,
expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las
circunstancias. Estaactualización de los mandamientos es signo y
fruto de una penetración más profunda de la Revelación y de una comprensión de
las nuevas situaciones históricas y culturales bajo la luz de la fe. Sin
embargo, aquélla no puede más que confirmar la validez permanente de la
revelación e insertarse en la estela de la interpretación que de ella da la
gran tradición de enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la
doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de la Iglesia y la
enseñanza del Magisterio.
Además, como afirma de modo particular el Concilio, «el oficio
de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido
encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en
nombre de Jesucristo» 41.
De este modo, la Iglesia, con su vida y su enseñanza, se presenta como «columna
y fundamento de la verdad» (1 Tm 3, 15), también de la verdad sobre
el obrar moral. En efecto, «compete siempre y en todo lugar a la Iglesia
proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así
como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo
exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las
almas» 42.
Precisamente sobre los interrogantes que caracterizan hoy la discusión
moral y en torno a los cuales se han desarrollado nuevas tendencias y teorías,
el Magisterio, en fidelidad a Jesucristo y en continuidad con la tradición de
la Iglesia, siente más urgente el deber de ofrecer el propio discernimiento y
enseñanza, para ayudar al hombre en su camino hacia la verdadera libertad.
(Continúa en el Capítulo II)
(Continúa en el Capítulo II)