CARTA APOSTÓLICA
SALVIFICI DOLORIS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS, SACERDOTES,
FAMILIAS RELIGIOSAS
Y FIELES DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE EL SENTIDO CRISTIANO
DEL SUFRIMIENTO HUMANO
SALVIFICI DOLORIS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS, SACERDOTES,
FAMILIAS RELIGIOSAS
Y FIELES DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE EL SENTIDO CRISTIANO
DEL SUFRIMIENTO HUMANO
V
PARTÍCIPES
EN LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO
19. El mismo
Poema del Siervo doliente del libro de Isaías nos conduce precisamente, a
través de los versículos sucesivos, en la dirección de este interrogante y de
esta respuesta:
« Ofreciendo
su vida en sacrificio por el pecado,
verá descendencia que prolongará sus días
y el deseo de Yavé prosperará en sus manos.
Por la fatiga de su alma verá
y se saciará de su conocimiento.
El justo, mi siervo, justificará a muchos,
y cargará con las iniquidades de ellos.
Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres,
y dividirá la presa con los poderosos
por haberse entregado a la muerte
y haber sido contado entra los pecadores,
llevando sobre sí los pecados de muchos
e intercediendo por los pecadores ».(53)
verá descendencia que prolongará sus días
y el deseo de Yavé prosperará en sus manos.
Por la fatiga de su alma verá
y se saciará de su conocimiento.
El justo, mi siervo, justificará a muchos,
y cargará con las iniquidades de ellos.
Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres,
y dividirá la presa con los poderosos
por haberse entregado a la muerte
y haber sido contado entra los pecadores,
llevando sobre sí los pecados de muchos
e intercediendo por los pecadores ».(53)
Puede
afirmarse que junto con la pasión de Cristo todo sufrimiento humano se ha
encontrado en una nueva situación.
Parece como
si Job la hubiera presentido cuando dice: « Yo sé en efecto que mi Redentor vive
... »; (54) y como si hubiese encaminado hacia ella su propio sufrimiento, el
cual, sin la redención, no hubiera podido revelarle la plenitud de su
significado. En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante
el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado
redimido. Cristo —sin culpa alguna propia— cargó sobre sí « el mal
total del pecado ». La experiencia de este mal determinó la medida incomparable
de sufrimiento de Cristo que se convirtió en el precio de la
redención. De esto habla el Poema del Siervo doliente en Isaías. De
esto hablarán a su tiempo los testigos de la Nueva Alianza, estipulada en la
Sangre de Cristo. He aquí las palabras del apóstol Pedro, en su primera carta:
« Habéis sido rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la
sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha ».(55) Y
el apóstol Pablo dirá en la carta a los Gálatas: « Se entregó por nuestros
pecados para liberarnos de este siglo malo »; (56) y en la carta a los
Corintios: « Habéis sido comprados a precio. Glorificad pues a Dios en vuestro
cuerpo ».(57)
Con éstas y
con palabras semejantes los testigos de la Nueva Alianza hablan de la grandeza
de la redención, que se lleva a cabo mediante el sufrimiento de Cristo. El
Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre
tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado
también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado
a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del
cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la
redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el
sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo
hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento
redentor de Cristo.
20. Los
textos del Nuevo Testamento expresan en muchos puntos este concepto. En la
segunda carta a los Corintios escribe el Apóstol: « En todo apremiados, pero no
acosados; perplejos, pero no desconcertados; perseguidos, pero no abandonados;
abatidos, pero no aniquilados, llevando siempre en el
cuerpo la muerte de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste en
nuestro tiempo. Mientras vivimos estamos siempre entregados a la muerte por
amor de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne
mortal... sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos
resucitará...».(58)
San Pablo
habla de diversos sufrimientos y en particular de los que se hacían partícipes
los primeros cristianos « a causa de Jesús ». Tales sufrimientos permiten a los
destinatarios de la Carta participar en la obra de la redención, llevada a cabo
mediante los sufrimientos y la muerte del Redentor. La elocuencia de la
cruz y de la muerte es completada, no obstante, por la elocuencia
de la resurrección. El hombre halla en la resurrección una luz
completamente nueva, que lo ayuda a abrirse camino a través de la densa
oscuridad de las humillaciones, de las dudas, de la desesperación y de la persecución.
De ahí que el Apóstol escriba también en la misma carta a los Corintios: «
Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así
por Cristo abunda nuestra consolación ».(59) En otros lugares se dirige a sus
destinatarios con palabras de ánimo: « El Señor enderece vuestros corazones en
la caridad de Dios y en la paciencia de Cristo ».(60) Y en la carta a los
Romanos: « Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis
vuestros cuerpos como hostia viva, santa y grata a Dios: este es
vuestro culto racional ».(61)
La
participación misma en los padecimientos de Cristo halla en estas expresiones
apostólicas casi una doble dimensión. Si un hombre se hace partícipe de los
sufrimientos de Cristo, esto acontece porque Cristo ha abierto su
sufrimiento al hombre porque Él mismo en su sufrimiento redentor se ha
hecho en cierto sentido partícipe de todos los sufrimientos humanos. El hombre,
al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre al mismo
tiempo en él sus propios sufrimientos, los revive mediante la fe, enriquecidos
con un nuevo contenido y con un nuevo significado.
Este
descubrimiento dictó a san Pablo palabras particularmente fuertes en la carta a
los Gálatas: « Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien
vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios,
que me amó y se entregó por mí ».(62) La fe permite al autor de estas palabras
conocer el amor que condujo a Cristo a la cruz. Y si amó de este modo, sufriendo
y muriendo, entonces por su padecimiento y su muerte vive en aquél al
que amó así, vive en el hombre: en Pablo. Y viviendo en él —a medida
que Pablo, consciente de ello mediante la fe, responde con el amor a su amor
—Cristo se une asimismo de modo especial al
hombre, a Pablo, mediante la cruz. Esta unión ha
sugerido a Pablo, en la misma carta a los Gálatas, palabras no menos fuertes: «
Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de
nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para
el mundo ». (63)
21. La cruz
de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del hombre
y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo alcanza junto
con la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el
misterio pascual. Los testigos de la pasión de Cristo son a la vez testigos de
su resurrección. Escribe San Pablo: « Para conocerle a Él y el poder de su
resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándome a Él en su
muerte por si logro alcanzar la resurrección de los muertos ».(64)
Verdaderamente
el Apóstol experimentó antes « la fuerza de la resurrección » de Cristo en el
camino de Damasco, y sólo después, en esta luz pascual, llegó a la «
participación en sus padecimientos », de la que habla, por ejemplo, en la carta
a los Gálatas. La vía de Pablo es claramente pascual: la participación
en la cruz de Cristo se realiza a través de la experiencia del
Resucitado, y por tanto mediante una especial participación en la resurrección.
Por esto, incluso en la expresión del Apóstol sobre el tema del sufrimiento
aparece a menudo el motivo de la gloria, a la que da inicio la cruz de Cristo.
Los testigos
de la cruz y de la resurrección estaban convencidos de que « por muchas tribulaciones
nos es preciso entrar en el reino de Dios ».(65) Y Pablo, escribiendo a los
Tesalonicenses, dice: « Nos gloriamos nosotros mismos de vosotros... por
vuestra paciencia y vuestra fe en todas vuestras persecuciones y en las
tribulaciones que soportáis. Todo esto es prueba del justo juicio de Dios, para
que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual
padecéis ».(66) Así pues, la participación en los sufrimientos de Cristo es, al
mismo tiempo, sufrimiento por el reino de Dios. A los ojos del Dios justo, ante
su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo se hacen dignos de
este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos devuelven en un cierto sentido el
infinito precio de la pasión y de la muerte de Cristo, que fue el precio de nuestra
redención: con este precio el reino de Dios ha sido nuevamente consolidado en
la historia del hombre, llegando a ser la perspectiva definitiva de su
existencia terrena. Cristo nos ha introducido en este reino mediante su
sufrimiento. Y también mediante el sufrimiento maduran para el
mismo reino los hombres, envueltos en el misterio de la redención de Cristo.
22. A la
perspectiva del reino de Dios está unida la esperanza de aquella gloria, cuyo
comienzo está en la cruz de Cristo. La resurrección ha revelado esta gloria —la
gloria escatológica— que en la cruz de Cristo estaba completamente ofuscada por
la inmensidad del sufrimiento. Quienes participan en los sufrimientos de Cristo
están también llamados, mediante sus propios sufrimientos, a tomar parte en
la gloria. Pablo expresa esto en diversos puntos. Escribe a
los Romanos: « Somos ... coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con Él
para ser con Él glorificados. Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo
presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en
nosotros ».(67) En la segunda carta a los Corintios leemos: « Pues por la
momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria
incalculable, y no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles
».(68) El apóstol Pedro expresará esta verdad en las siguientes palabras de su
primera carta: « Antes habéis de alegraros en la medida en que participáis en
los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de
gozo ». (69)
El
motivo del sufrimiento y de la gloria tiene una característica
estrictamente evangélica, que se aclara mediante la referencia a la cruz y a la
resurrección. La resurrección es ante todo la manifestación de la gloria, que
corresponde a la elevación de Cristo por medio de la cruz. En efecto, si la
cruz ha sido a los ojos de los hombres la expoliación de
Cristo, al mismo tiempo ésta ha sido a los ojos de Dios su elevación. En
la cruz Cristo ha alcanzado y realizado con teda plenitud su misión: cumpliendo
la voluntad del Padre, se realizó a la vez a sí mismo. En la debilidad
manifestó su poder, y en la humillación toda su grandeza
mesiánica. ¿No son quizás una prueba de esta grandeza todas las
palabras pronunciadas durante la agonía en el Gólgota y, especialmente, las
referidas a los autores de la crucifixión: «Padre, perdónalos, porque no saben
lo que hacen »?(70) A quienes participan de los sufrimientos de Cristo estas
palabras se imponen con la fuerza de un ejempló supremo El sufrimiento es
también una llamada a manifestar la grandeza moral del hombre, su madurez
espiritual. De esto han dado prueba, en las diversas generaciones, los
mártires y confesores de Cristo, fieles a las palabras: « No tengáis miedo a
los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla ».(71)
La
resurrección de Cristo ha revelado « la gloria del siglo futuro » y,
contemporáneamente, ha confirmado « el honor de la Cruz »: aquella gloria
que está contenida en el sufrimiento mismo de Cristo, y que muchas veces se
ha reflejado y se refleja en el sufrimiento del hombre, como expresión de su
grandeza espiritual. Hay que reconocer el testimonio glorioso no sólo de los
mártires de la fe, sino también de otros numerosos hombres que a veces, aun sin
la fe en Cristo, sufren y dan la vida por la verdad y por una justa causa. En
los sufrimientos de todos éstos es confirmada de modo particular la gran
dignidad del hombre.
23. El
sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba —a veces una prueba
bastante dura—, a la que es sometida la humanidad. Desde las páginas de las
cartas de San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica de
la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el
Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los
sufrimientos de Cristo. Él escribe en la segunda carta a los Corintios: « Muy
gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite
en mí la fuerza de Cristo ».(72) En la segunda carta a Timoteo leemos: « Por
esta causa sufro, pero no me avergüenza, porque sé a quien me he confiado
».(73) Y en la carta a los Filipenses dirá incluso: « Todo lo puedo en
aquél que me conforta ».(74)
Quienes
participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio
pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo desciende, en una
primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la impotencia humana; en
efecto, Él muere clavado en la cruz. Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se
cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la
resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos
humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha
manifestado en la cruz de Cristo. En esta concepción sufrir
significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos
a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la
humanidad en Cristo. En Él Dios ha demostrado querer actuar especialmente por
medio del sufrimiento, que es la debilidad y la expoliación del hombre, y
querer precisamente manifestar su fuerza en esta debilidad y en esta
expoliación. Con esto se puede explicar también la recomendación de la primera
carta de Pedro: « Mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes
glorifique a Dios en este nombre ».(75)
En la carta
a los Romanos el apóstol Pablo se pronuncia todavía más ampliamente sobre el
tema de este « nacer de la fuerza en la debilidad », del vigorizarse
espiritualmente del hombre en medio de las pruebas y tribulaciones,
que es la vocación especial de quienes participan en los sufrimientos de
Cristo. « Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores de que la
tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la virtud
probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de
Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que
nos ha sido dado ».(76) En el sufrimiento está como contenida una
particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar
por su parte. Esta es la virtud de la perseverancia al soportar lo que molesta
y hace daño. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en
él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, no lo privará
de su propia dignidad unida a la conciencia del sentido de la vida. Y así, este
sentido se manifiesta junto con la acción del amor de Dios, que es
el don supremo del Espíritu Santo. A medida que participa de este amor, el
hombre se encuentra hasta el fondo en el sufrimiento: reencuentra « el alma »,
que le parecía haber « perdido » (77) a causa del sufrimiento.
24. Sin
embargo, la experiencia del Apóstol, partícipe de los sufrimientos de Cristo,
va más allá. En la carta a los Colosenses leemos las palabras que constituyen
casi la última etapa del itinerario espiritual respecto al sufrimiento. San
Pablo escribe: « Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en
mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su
cuerpo, que es la Iglesia ».(78) Y él mismo, en otra Carta, pregunta a los
destinatarios: « ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ».(79)
En el
misterio pascual Cristo ha dado comienzo a la unión con el hombre en la
comunidad de la Iglesia. El misterio de la Iglesia se expresa en esto:
que ya en el momento del Bautismo, que configura con Cristo, y después a través
de su Sacrificio —sacramentalmente mediante la Eucaristía— la Iglesia se
edifica espiritualmente de modo continuo como cuerpo de Cristo. En este cuerpo
Cristo quiere estar unido con todos los hombres, y de modo particular está
unido a los que sufren. Las palabras citadas de la carta a los Colosenses
testimonian el carácter excepcional de esta unión. En efecto, el que
sufre en unión con Cristo —como en unión con Cristo soporta sus «
tribulaciones » el apóstol Pablo— no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la
que se ha hablado precedentemente, sino que « completa » con su sufrimiento lo
que falta a los padecimientos de Cristo. En este marco evangélico se pone de
relieve, de modo particular, la verdad sobre el carácter creador del
sufrimiento. El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la
redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún
hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como
cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor
a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en partícipe de
los sufrimientos de Cristo —en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo
de la historia—, en tanto a su manera completa aquel
sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo.
¿Esto quiere
decir que la redención realizada por Cristo no es completa? No. Esto significa
únicamente que la redención, obrada en virtud del amor satisfactorio, permanece
constantemente abierta a todo amor que se expresa en el
sufrimiento humano. En esta dimensión —en la dimensión del amor— la
redención ya realizada plenamente, se realiza, en cierto sentido,
constantemente. Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final; pero,
al mismo tiempo, no la ha cerrado. En este sufrimiento redentor, a través del
cual se ha obrado la redención del mundo, Cristo se ha abierto desde el
comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano. Sí, parece que
forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de
Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar.
De este
modo, con tal apertura a cada sufrimiento humano, Cristo ha obrado con su
sufrimiento la redención del mundo. Al mismo tiempo, esta redención, aunque realizada
plenamente con el sufrimiento de Cristo, vive y se desarrolla a su manera en la
historia del hombre. Vive y se desarrolla como cuerpo de Cristo, o sea la
Iglesia, y en esta dimensión cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en
el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como
la Iglesia completa la obra redentora de Cristo. El misterio de la
Iglesia —de aquel cuerpo que completa en sí también el cuerpo crucificado y
resucitado de Cristo— indica contemporáneamente aquel espacio, en el que los
sufrimientos humanos completan los de Cristo. Sólo en este marco y en esta
dimensión de la Iglesia cuerpo de Cristo, que se desarrolla continuamente en el
espacio y en el tiempo, se puede pensar y hablar de « lo que falta a los padecimientos
de Cristo ». El Apóstol, por lo demás, lo pone claramente de relieve, cuando
habla de completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su
cuerpo, que es la Iglesia.
Precisamente la
Iglesia, que aprovecha sin cesar los infinitos recursos de la
redención, introduciéndola en la vida de la humanidad, es la
dimensión en la que el sufrimiento redentor de Cristo puede ser
completado constantemente por el sufrimiento del hombre. Con esto se pone de
relieve la naturaleza divino-humana de la Iglesia. El sufrimiento parece
participar en cierto modo de las características de esta naturaleza. Por eso,
tiene igualmente un valor especial ante la Iglesia. Es un bien ante el cual la
Iglesia se inclina con veneración, con toda la profundidad de su fe en la
redención. Se inclina, juntamente con toda la profundidad de aquella fe, con la
que abraza en sí misma el inefable misterio del Cuerpo de Cristo.
Continúa en el CAP. VI
EL EVANGELIO
DEL SUFRIMIENTO